Hay afirmaciones cristianas que son fáciles de repetir cuando todo va bien: «Dios te cuida». «Dios está contigo». «Confía en Él».
Pero pueden resultar mucho más difíciles de escuchar cuando ocurre aquello que precisamente le habíamos pedido a Dios que evitara. Oramos por alguien y murió. Pedimos sanidad y la enfermedad avanzó. Pedimos protección y ocurrió el accidente. Una persona confió en Dios y, aun así, llegó aquello que más temía.
Entonces aparece una pregunta dolorosa y completamente legítima: Si Dios realmente lo amaba y lo cuidaba, ¿por qué permitió que muriera?
Incluso podemos llegar a una conclusión: «Si murió, entonces Dios no lo protegió».
Pero ¿es esa la manera en que la Biblia entiende el cuidado de Dios?
Para responder necesitamos descubrir algo fundamental: la muerte puede terminar nuestra vida presente, pero no puede terminar el cuidado de Dios sobre la persona que pertenece a Cristo.
¿Qué queremos decir cuando afirmamos «Dios me cuida»?
Muchas veces hemos construido, quizá sin darnos cuenta, esta ecuación: Dios me ama + confío en Dios = Dios impedirá que me ocurra algo verdaderamente malo.
Mientras las cosas salen bien, parece funcionar. Pero cuando llega una enfermedad grave, una pérdida o la muerte, la ecuación se rompe.
Y entonces comenzamos a preguntarnos: ¿No oramos suficientemente? ¿No tuvimos suficiente fe? ¿Dios decidió no protegerlo? ¿Podemos realmente confiar en Él?
El problema quizá esté en que hemos identificado cuidado de Dios con ausencia de pérdida. Pero Jesús nunca hizo esa promesa.
Jesús habló de personas cuidadas por Dios que podían morir
Jesús dijo a sus discípulos: «No temáis a los que matan el cuerpo…» (Mateo 10:28). Eso significa que Jesús contempla claramente la posibilidad de que algunos de sus discípulos sean asesinados.
Sin embargo, pocos versículos después dice: «¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Y sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin permitirlo vuestro Padre… Así que no temáis» (Mateo 10:29-31).
Jesús no dice: «No temáis porque ningún pajarillo caerá». Los pajarillos caen. Tampoco dice: «No temáis porque ninguno de vosotros morirá». Algunos de aquellos discípulos morirían violentamente.
La promesa es más profunda. Existe una enorme diferencia entre caer y caer fuera del cuidado del Padre.
La Biblia nunca promete que los hijos de Dios no morirán
Si morir significara que Dios dejó de cuidar a una persona, tendríamos que concluir que Dios abandonó a muchos de sus siervos más fieles. Los profetas murieron. Los apóstoles murieron. Miles de cristianos fieles murieron perseguidos. Y todos los creyentes de generaciones anteriores terminaron muriendo.
Por tanto, cuando la Biblia habla del cuidado de Dios necesariamente está hablando de algo más profundo que prolongar indefinidamente nuestra vida biológica.
Pablo lo expresa así: «Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos; por tanto, ya sea que vivamos o que muramos, del Señor somos» (Romanos 14:8).
Lo que permanece constante no es seguir físicamente vivos, sino pertenecer al Señor. Si vivo, soy suyo. Si enfermo, soy suyo. Si atravieso algo que no comprendo, soy suyo. Y si muero, sigo siendo suyo.
Jesús mismo cambia nuestra definición del cuidado de Dios
Tenemos que hacernos una pregunta fundamental: ¿Amaba el Padre a Jesús? Sin ninguna duda.
En su bautismo declara: «Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido» (Mateo 3:17). Jesús vivió confiando perfectamente en el Padre. Obedeció perfectamente. Y, sin embargo, Jesús murió.
Esto significa algo fundamental: ser perfectamente amado por Dios no significa necesariamente ser preservado de la muerte.
Si la muerte demostrara que Dios ha dejado de cuidar a una persona, tendríamos un problema en el centro mismo del cristianismo. Tendríamos que interpretar la cruz como el fracaso del cuidado del Padre.
Pero la historia no terminó el viernes. Llegó el domingo. Jesús resucitó. Y la resurrección reveló que la muerte nunca había significado que el Padre hubiera perdido al Hijo.
La resurrección cambia completamente nuestra perspectiva
Quizá pensamos que la gran promesa de Dios debería ser: «No dejaré que mueras». Pero Jesús hace una promesa diferente:
«Y esta es la voluntad del que me envió: que de todo lo que Él me ha dado yo no pierda nada, sino que lo resucite en el día final» (Juan 6:39).
Observemos cuidadosamente: «no pierda nada» está conectado con «lo resucite». Esto significa que, para Jesús, morir no equivale a ser perdido.
Nosotros podemos mirar una tumba y pensar: «Lo perdimos». Jesús puede mirar esa misma muerte y decir: «Yo no lo he perdido». Porque todavía falta algo: la resurrección.
La protección definitiva no significa «nunca morir»
Dios puede protegernos temporalmente de muchísimas cosas. Puede librarnos de un accidente, sanarnos, proporcionar un tratamiento, abrir una salida o utilizar médicos, familiares, amigos y recursos.
Por eso es completamente legítimo orar: «Señor, protégeme». «Señor, sáname». «Señor, libra a esta persona». Jesús mismo oró: «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa».
Pero existe una protección todavía más profunda: que Cristo no pierda definitivamente a quien le pertenece.
Jesús dice: «Yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de mi mano» (Juan 10:28). Sus discípulos murieron. Por tanto, «nadie las arrebatará de mi mano» no puede significar «nunca morirán físicamente». Significa: «Ni siquiera la muerte podrá arrebatármelos».
«Ni la muerte podrá separarnos»
Pablo pregunta: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?» (Romanos 8:35). Y menciona tribulación, angustia, persecución, hambre, peligro y espada.
Pablo no dice: «Como Dios nos ama, ninguna de estas cosas nos ocurrirá». Dice algo diferente: ninguna de estas cosas podrá separarnos de Cristo.
Y lleva la afirmación hasta su extremo: «ni la muerte, ni la vida… podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 8:38-39).
La muerte puede terminar nuestra experiencia corporal presente. Pero no puede terminar nuestra relación con Cristo.
Entonces, ¿qué ocurre cuando un creyente muere?
Si la resurrección ocurrirá cuando Cristo regrese, surge una pregunta natural: ¿qué ocurre mientras tanto con la persona que ha muerto?
El Nuevo Testamento no responde todas las preguntas que podríamos hacer acerca de ese estado. Pero sí nos permite afirmar con bastante seguridad: la persona que muere perteneciendo a Cristo está con Cristo mientras espera la resurrección.
Cuando el malhechor crucificado junto a Jesús confió en Él, Jesús le dijo: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:43).
Quizá la palabra más importante sea «conmigo». La muerte no lo llevaría lejos de Cristo. Lo llevaría con Cristo.
«Partir y estar con Cristo»
Pablo habla de su propia posible muerte en Filipenses: «teniendo el deseo de partir y estar con Cristo, pues eso es mucho mejor» (Filipenses 1:23). Su expectativa parece ser: partir → estar con Cristo.
Y en otro lugar dice: «preferimos más bien estar ausentes del cuerpo y habitar con el Señor» (2 Corintios 5:8).
Estar con Cristo después de morir es bueno. Pero todavía no es la consumación: esperamos la resurrección.
«Dormir» no significa que Dios haya perdido a la persona
El Nuevo Testamento habla muchas veces de los creyentes fallecidos como aquellos que «duermen».
Jesús dijo acerca de Lázaro: «Nuestro amigo Lázaro se ha dormido; pero voy a despertarlo» (Juan 11:11). Después explica que estaba hablando de su muerte.
La imagen del sueño contiene una esperanza preciosa: quien duerme será despertado.
Por eso, cuando 1 Tesalonicenses habla de «los que durmieron en Jesús», no debemos entender que han desaparecido o que Dios los ha perdido. Su muerte es real, pero no es definitiva.
Dios todavía no ha terminado
Algunos creyentes de Tesalónica habían muerto y los demás estaban preocupados por ellos. Pablo escribe: «no queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como lo hacen los demás que no tienen esperanza» (1 Tesalonicenses 4:13).
Pablo no dice: «No os entristezcáis». La muerte produce duelo. Dice: «No os entristezcáis como quienes no tienen esperanza».
La diferencia cristiana no es ausencia de dolor. Es dolor con esperanza.
¿Cuál es esa esperanza?
Pablo continúa: «Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios traerá con Él a los que durmieron en Jesús» (1 Tesalonicenses 4:14).
La lógica es extraordinariamente sencilla: Jesús murió. Jesús resucitó. Los que pertenecen a Jesús también mueren. Su muerte tampoco será definitiva.
La resurrección de Jesús no es solamente algo extraordinario que le ocurrió a Él. Es la garantía de lo que Dios hará con quienes pertenecen a Cristo.
Jesús volverá
Aquí la segunda venida deja de ser un tema para especulaciones o calendarios. Se convierte en una esperanza para personas que lloran.
Pablo anuncia: «el Señor mismo descenderá del cielo… y los muertos en Cristo se levantarán primero» (1 Tesalonicenses 4:16).
Cristo regresará. Y cuando regrese, los muertos en Cristo resucitarán.
La tumba no significa: «Aquí terminó el cuidado de Dios». Significa: «Dios todavía no ha terminado».
«Y así estaremos con el Señor siempre»
Pablo culmina: «y así estaremos con el Señor siempre» (1 Tesalonicenses 4:17).
Podemos contemplar toda la trayectoria:
Ahora: «del Señor somos».
Cuando morimos: «partir y estar con Cristo».
Mientras esperamos: seguimos perteneciendo a Cristo.
Cuando Él regrese:«los muertos en Cristo se levantarán.
Finalmente: «estaremos con el Señor siempre».
La muerte queda encerrada dentro de una historia de pertenencia. No tiene la primera palabra. Y tampoco tendrá la última.
Nuestra esperanza no es simplemente «irse al cielo»
Popularmente solemos decir acerca de un creyente fallecido: «Está en el cielo». Hay una verdad importante detrás de esa expresión: está con Cristo.
Pero la esperanza cristiana es todavía mayor. El destino final del ser humano no es permanecer eternamente como un espíritu separado del cuerpo. Dios nos creó como seres corporales.
Por eso la muerte sigue siendo un enemigo. Pablo la llama «el último enemigo» (1 Corintios 15:26). Y precisamente por eso necesitamos resurrección.
La esperanza completa es: estar con Cristo después de morir → regreso de Cristo → resurrección del cuerpo → vida en la creación restaurada → estar con el Señor para siempre.
Dios no abandona nuestro cuerpo a la muerte para siempre
Romanos 8 dice que esperamos «la redención de nuestro cuerpo» (Romanos 8:23).
Y Filipenses dice: «esperamos ansiosamente a un Salvador, el Señor Jesucristo, el cual transformará el cuerpo de nuestro estado de humillación en conformidad al cuerpo de su gloria» (Filipenses 3:20-21).
Dios no responde a la muerte diciendo: «El cuerpo ya no importa». La respuesta de Dios a la muerte es resurrección.
Por eso podemos llorar ante una tumba. La muerte ha hecho algo realmente terrible. Pero podemos llorar sabiendo: Dios todavía tiene algo que hacer con ese cuerpo.
Ahora podemos entender una extraña afirmación de Apocalipsis
Apocalipsis utiliza imágenes para mostrar el conflicto entre Dios y el mal. En Apocalipsis 12 aparece un dragón que representa al diablo y que persigue al pueblo de Dios.
Pero el capítulo dice acerca de algunos creyentes: «Ellos lo vencieron por medio de la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio de ellos, y no amaron sus vidas, llegando hasta sufrir la muerte» (Apocalipsis 12:11).
Algunos murieron. Y sorprendentemente Apocalipsis no dice: «El dragón los venció». Dice: «Ellos lo vencieron».
¿Por qué? Porque matar a alguien que pertenece a Cristo no significa arrebatárselo a Cristo.
Desde abajo parece derrota; desde la resurrección puede verse como victoria
Desde nuestra perspectiva: sobrevivir = ganar; morir = perder. Pero la resurrección introduce una realidad que cambia completamente esa ecuación.
El enemigo puede decir: «Puedo quitarte la vida». Pero la resurrección de Cristo responde: «No puedes conservarla».
Puede producir una tumba, pero no puede hacerla definitiva. Puede separar temporalmente a una familia, pero no puede cancelar la resurrección. Puede quitar nuestra vida presente, pero no puede arrebatarnos de las manos de Cristo.
Por eso Apocalipsis puede llamar vencedores a personas que murieron permaneciendo fieles.
Jesús vino precisamente a liberarnos del temor a la muerte
Hebreos dice que Jesús compartió nuestra carne y sangre para «librar a los que por el temor a la muerte estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida» (Hebreos 2:15).
La muerte puede esclavizarnos mucho antes de morir. Podemos pasar nuestra vida intentando desesperadamente evitar cualquier pérdida.
Tememos perder salud, dinero, trabajo, familia, aceptación, reputación, control o nuestros proyectos. Son pérdidas reales. La Biblia no dice que no importen.
Pero Cristo quiere liberarnos de convertir nuestra supervivencia y nuestra seguridad en el señor que gobierna todas nuestras decisiones.
Cuidar nuestra vida no es idolatrarla
Esto no significa vivir irresponsablemente. Podemos ir al médico, seguir un tratamiento, proteger a nuestros hijos, evitar peligros, ahorrar, pedir ayuda, huir de una situación peligrosa, orar por sanidad y pedir a Dios que preserve nuestra vida.
Jesús mismo pidió: «Si es posible, que pase de mí esta copa».
El problema no es cuidar nuestra vida. El problema es convertir salvar nuestra vida en la razón por la que vivimos.
Podemos cuidar prudentemente nuestra vida sin convertir la seguridad en nuestro dios.
El amor de Dios no siempre evita el valle
El Salmo 23 no dice: «Como el Señor es mi pastor, nunca entraré en el valle». Dice: «Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo».
Nuestra idea espontánea de protección puede ser: «Dios me ama, por tanto evitará el valle». La promesa bíblica es: «Aunque atravieses el valle, Yo estaré contigo».
Pero ahora, a la luz de la resurrección, podemos añadir: «Y el valle tampoco será tu destino final».
El Pastor no solamente entra con nosotros en el valle. Nos conduce más allá de él.
Por eso podemos servir a Dios sin temor
Cuando nació Juan el Bautista, su padre Zacarías habló de la salvación de Dios diciendo: «librados de la mano de nuestros enemigos, le sirvamos sin temor» (Lucas 1:74).
Eso no significa que un creyente nunca experimente miedo. Jesús experimentó angustia en Getsemaní. Significa: el miedo puede estar presente sin convertirse en nuestro señor.
Ya no necesitamos dedicar toda nuestra existencia a preguntarnos: «¿Cómo puedo asegurarme de que nunca perderé nada?». Podemos comenzar a preguntar: «Señor, ¿para qué me has dado la vida que tengo?».
La autopreservación pregunta: «¿Cómo salvo mi vida?». La fe puede preguntar: «¿Cómo quieres que viva mi vida?».
Entonces, ¿Dios dejó de cuidarlo porque murió?
Cuando muere alguien que confiaba en Cristo, no necesitamos decir: «La muerte no importa». Importa. Duele. Es enemiga.
Tampoco necesitamos decir: «Si hubiera tenido suficiente fe, no habría muerto». Esa no es la promesa del evangelio.
Podemos decir algo mucho más sólido: Dios lo cuidó mientras vivía. Dios lo sostuvo mientras sufría. Cuando murió, no dejó de pertenecer a Cristo. Está con Cristo. Cristo no lo ha perdido. Cristo volverá. Lo resucitará. Y estará con el Señor para siempre.
Hasta dónde llega el cuidado de Dios
Quizá ahora podamos contemplarlo como una sola historia:
Durante mi vida: Dios me sostiene.
En mis sufrimientos: Dios permanece conmigo.
Si llega la muerte: sigo perteneciendo al Señor.
Después de morir: estoy con Cristo.
Mientras la historia continúa: Cristo no me ha perdido.
Cuando Cristo regrese: me resucitará.
Finalmente: la muerte será abolida.
Y estaremos con el Señor para siempre.
Por eso la muerte no constituye un agujero en el cuidado de Dios. Es un enemigo real que todavía opera dentro de una historia cuyo final Dios ya ha determinado.
Dios todavía no ha terminado
Cuando estamos delante de una tumba solo podemos ver una parte de la historia. Vemos ausencia, silencio, separación y un cuerpo que ha muerto. Y es correcto llorar. Jesús lloró ante la tumba de Lázaro.
Pero la fe nos permite mirar esa misma tumba y recordar: Dios todavía no ha terminado.
La persona que pertenece a Cristo no está perdida. Está con Él. Y todavía espera algo: la resurrección.
Cristo volverá. Los muertos en Cristo se levantarán. La muerte misma será finalmente destruida.
Y entonces comprenderemos plenamente algo que ahora solo podemos recibir por fe: el cuidado de Dios nunca terminó.
Una esperanza para quienes lloran
Pablo termina su enseñanza sobre los creyentes fallecidos diciendo: «Por tanto, confortaos unos a otros con estas palabras» (1 Tesalonicenses 4:18).
No escribió esas palabras para satisfacer nuestra curiosidad acerca del futuro. Las escribió para personas que estaban llorando.
Por eso la esperanza cristiana no nos pide negar la muerte. Nos permite mirarla de frente.
Podemos decir: «La muerte es enemiga». Pero también: «Cristo ha resucitado».
Podemos decir: «Lo extraño profundamente». Pero también: «Cristo no lo ha perdido».
Podemos decir: «Su cuerpo murió». Pero también: «será resucitado».
Podemos decir: «Ahora estamos separados». Pero también: «y así estaremos con el Señor siempre».
Por eso nuestra seguridad más profunda no consiste en pensar: «Nada malo podrá sucederme». Consiste en saber: «Soy del Señor. Nada podrá separarme de su amor. Si vivo, soy suyo. Si muero, sigo siendo suyo. Estaré con Cristo, Él volverá, me resucitará y la muerte no tendrá la última palabra».
El cuidado de Dios no se mide solamente por aquello de lo que nos libra antes de morir. Su cuidado abarca toda nuestra historia.
Nos sostiene en la vida. Nos acompaña en el valle. No nos pierde en la muerte. Nos recibe con Cristo. Y cuando Cristo vuelva, nos levantará de la muerte.
Por eso la promesa cristiana no es simplemente: «Dios impedirá que mueras». Es mucho mayor: «Ni siquiera la muerte podrá hacer que Dios te pierda».
Y por eso podemos llorar con esperanza. Porque para quien está en Cristo, la muerte es real, pero nunca es el final de la historia.






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