Cuando la tierra tiembla, ¿dónde está nuestra vida?

Catástrofes, juicio, señales del fin y la esperanza de una vida que no puede ser destruida

Cuando un terremoto, una guerra, una epidemia o cualquier otra tragedia irrumpe en las noticias, es difícil para un creyente no hacerse preguntas espirituales. ¿Es esto un juicio de Dios? ¿Está Dios advirtiendo a la humanidad? ¿Son estas cosas señales del fin? ¿Deberíamos entenderlas como un llamado urgente al arrepentimiento?

La Biblia no nos invita a ignorar esas preguntas, pero tampoco nos permite responderlas con fórmulas simples. En ella encontramos catástrofes que son explícitamente juicios de Dios, sufrimientos causados por la violencia humana, una creación que gime bajo la corrupción y tragedias cuyas víctimas no eran más culpables que quienes sobrevivieron. Jesús habló de guerras, hambres y terremotos, pero también dijo: «No os alarméis» y «aún no es el fin».

Quizá, por tanto, la pregunta más importante no sea solamente qué significa una catástrofe, sino qué revela acerca del mundo en que vivimos, dónde estamos buscando nuestra vida y cómo debemos vivir mientras esperamos la venida de Cristo.

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1. La Biblia sí habla de catástrofes como juicio

Sería incorrecto afirmar que la Biblia nunca relaciona catástrofes, guerras o plagas con el juicio de Dios. Lo hace de manera explícita en varios momentos.

En el diluvio, Génesis describe una tierra corrompida y «llena de violencia» (Gn 6:11-13). En Sodoma y Gomorra aparece el «clamor» que ha llegado delante de Dios (Gn 18:20-21), y la escena de Génesis 19 muestra la violencia de una sociedad en la que incluso los extranjeros acogidos por Lot quedan amenazados. En Egipto, las plagas llegan después de que Dios haya oído el clamor de un pueblo esclavizado (Ex 2:23; 3:7) y son descritas como juicios contra Egipto y sus dioses (Ex 12:12).

Los profetas también anuncian en momentos concretos espada, hambre y pestilencia como juicio. Asiria y Babilonia pueden incluso ser utilizadas dentro de los propósitos judiciales de Dios. Pero eso no convierte en buena la violencia del agresor: esas mismas potencias son posteriormente juzgadas por su orgullo, crueldad y deseo de destrucción (Is 10; Hab 1-2).

Que Dios pueda utilizar un acontecimiento dentro de sus propósitos no significa que apruebe moralmente todo lo que ocurre en él.

2. El juicio bíblico muchas veces comienza con un clamor

Hay algo importante en varios de esos relatos: antes del juicio aparece el sufrimiento de quienes están siendo destruidos. La sangre de Abel clama desde la tierra (Gn 4:10). El clamor de Sodoma llega delante de Dios. Los esclavos de Egipto claman. Los profetas denuncian violencia, explotación y sangre inocente derramada. Santiago dice que incluso el salario retenido injustamente «clama» (Stg 5:4).

Esto cambia la pregunta. Podemos preguntarnos cómo puede un Dios bueno juzgar. Pero la víctima puede hacer la pregunta contraria: ¿cómo podría un Dios bueno escuchar indefinidamente el clamor de quienes sufren y no hacer nada?

El juicio de Dios no debe imaginarse simplemente como el deseo de castigar. También expresa que el mal importa, que la víctima importa y que Dios no permitirá que la violencia tenga eternamente la última palabra.

3. Pero no toda tragedia permite identificar un castigo concreto

Aquí necesitamos una distinción fundamental. En los ejemplos anteriores sabemos que se trataba de juicio porque la propia Escritura nos da esa interpretación. No tenemos la misma autoridad para interpretar de ese modo cada terremoto, epidemia o desastre contemporáneo.

Job ya cuestiona la ecuación simplista entre sufrimiento extraordinario y culpa extraordinaria. Sus amigos creen que, si su sufrimiento es enorme, su pecado debe haberlo sido también. El lector sabe que su razonamiento es falso.

Jesús lo hace todavía más explícito en Lucas 13. Le hablan de unos galileos asesinados por Pilato y Él mismo menciona a dieciocho personas que murieron cuando cayó sobre ellas la torre de Siloé.

«¿Pensáis que eran más culpables que todos los hombres que viven en Jerusalén?» (Lc 13:4)

Su respuesta es no. Mayor sufrimiento no demuestra mayor culpabilidad. Por eso no tenemos derecho a mirar una ciudad devastada y declarar que sus habitantes fueron castigados por un pecado específico que nosotros hemos decidido identificar.

Pero Jesús tampoco dice que la tragedia no tenga nada que enseñarnos. En lugar de explicar por qué murieron ellos, interpela a quienes siguen vivos: «si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente» (Lc 13:3,5).

La pregunta deja de ser «¿qué hicieron ellos?» y se convierte en «¿cómo estoy viviendo yo delante de Dios?»

4. Una creación que gime

Romanos 8 añade otra categoría indispensable. Pablo describe a toda la creación como gimiendo y sufriendo dolores de parto (Ro 8:22). Pero es importante preguntarnos por qué gime, para no pensar que Dios creó originalmente el mundo en esta condición.

Romanos 8 describe la condición presente de la creación; Génesis 1 nos recuerda que no fue creada originalmente así. Dios contempla repetidamente su creación y declara que es buena; finalmente, al contemplar todo lo que había hecho, declara que era «bueno en gran manera» (Gn 1:31). La maldición, la frustración y la muerte aparecen en el relato después de la rebelión humana. En Génesis 3 incluso la tierra queda afectada: «maldita será la tierra por tu causa» (Gn 3:17).

Pablo parece contemplar esa misma realidad desde la perspectiva de la redención cuando dice que «la creación fue sometida a vanidad, no de su propia voluntad» y que actualmente se encuentra bajo «la esclavitud de la corrupción» (Ro 8:20-21).

La creación gime, por tanto, no porque Dios la hiciera mal, sino porque la buena creación de Dios se encuentra actualmente sometida a una condición que no corresponde a su destino definitivo. El pecado humano no afectó solamente nuestra relación con Dios; según el gran relato bíblico, la humanidad y la creación que Dios puso bajo su cuidado quedaron involucradas en una historia de frustración, deterioro y muerte.

Esto nos ayuda a comprender el mundo en el que todavía vivimos: un mundo creado por Dios y que sigue mostrando su bondad, pero que al mismo tiempo está marcado por fragilidad, corrupción y muerte. En él existen enfermedades, envejecimiento, desastres naturales y muchas otras formas de sufrimiento. No necesitamos interpretar cada una de esas calamidades como un castigo específico de Dios contra quienes las sufren.

Pero Pablo no describe a la creación como abandonada a esa condición. Dice que fue sometida «en esperanza» y que espera ser «libertada de la esclavitud de la corrupción» (Ro 8:20-21). Por eso utiliza una imagen especialmente significativa: dolores de parto.

La creación sufre, pero no está abandonada

La creación gime, pero sus gemidos no son simplemente la agonía de algo condenado a desaparecer. Son los dolores de una creación que espera su liberación. Pablo vincula esa esperanza con «la manifestación de los hijos de Dios» (Ro 8:19), mientras nosotros mismos, que tenemos «las primicias del Espíritu», gemimos esperando «la redención de nuestro cuerpo» (Ro 8:23).

Así, la creación gime y nosotros gemimos con ella. Ni nuestros cuerpos mortales ni el mundo que habitamos han alcanzado todavía la condición definitiva que Dios les tiene preparada. El horizonte cristiano no es que Dios abandone esta creación y nos lleve a otra parte, sino redención, resurrección y liberación de la corrupción.

Precisamente por eso el gemido puede coexistir con la esperanza.

5. ¿Son guerras y terremotos señales del fin?

Cuando ocurren grandes tragedias es inevitable recordar Mateo 24. Los discípulos preguntaron a Jesús por su venida y la consumación del siglo. Jesús habló de guerras, rumores de guerras, hambres y terremotos en diferentes lugares (Mt 24:6-7).

Pero junto a esas palabras aparecen dos advertencias que no deberíamos olvidar:

«No os alarméis» — «Aún no es el fin»

Jesús menciona precisamente acontecimientos que podrían hacernos pensar, con miedo y alarma, que el fin es inminente, y advierte contra esa reacción. Después los llama «principio de dolores» (Mt 24:8). La expresión griega alude a dolores de parto, una imagen que resuena con Romanos 8.

Por tanto, guerras, terremotos y sufrimientos pertenecen al escenario de un mundo que camina hacia la consumación, pero Jesús no los entrega como un mecanismo sencillo para calcular fechas. Su preocupación es formar discípulos que no se dejen engañar, no vivan aterrorizados, perseveren, no permitan que su amor se enfríe y continúen anunciando el evangelio del Reino (Mt 24:4-14).

6. Apocalipsis recuerda que el juicio final es real

La cautela ante las interpretaciones precipitadas no debe llevarnos al extremo contrario. Apocalipsis sí presenta acontecimientos descritos explícitamente como juicios de Dios: guerra, hambre, muerte, pestilencia, terremotos y otras alteraciones de la creación. Y varias veces aparece la tragedia de una humanidad que, aun así, «no se arrepintió» (Ap 9:20-21; 16:11).

La Biblia, por tanto, sostiene juntas dos verdades: no podemos declarar arbitrariamente que una catástrofe actual es castigo por un pecado concreto, pero tampoco podemos eliminar la realidad del juicio futuro. Dios hará finalmente justicia.

Pero si las profecías acerca del futuro no nos fueron dadas para vivir interpretando cada tragedia como una señal que debemos descifrar, surge otra pregunta:

¿Para qué nos habla Dios del futuro?

Una de las respuestas es profundamente práctica: para enseñarnos cómo vivir en el presente.

7. La profecía futura puede transformar nuestro presente

La profecía bíblica no fue dada solamente para informarnos acerca de lo que ocurrirá al final de la historia. Conocer hacia dónde se dirige la historia puede transformar nuestra manera de vivir ahora.

Isaías describe el futuro del pueblo de Dios con una imagen extraordinaria:

«Ya el sol no será para ti luz del día, ni el resplandor de la luna te alumbrará; sino que tendrás al Señor por luz eterna, y a tu Dios por tu gloria.» (Is 60:19)

La promesa apunta hacia una realidad futura que Apocalipsis retomará al describir la ciudad de Dios iluminada por su gloria. Pero lo que un día será plenamente realidad puede comenzar a ordenar nuestra vida en el presente.

Esta promesa adquirió para mí un significado especialmente profundo durante la pandemia.

8. Una pregunta que la pandemia hizo personal para mí

Durante la pandemia, que viví trabajando como médica de familia en un centro de salud de Madrid, muchas cosas que parecían sólidas mostraron de repente su fragilidad. La enfermedad, la muerte y la incertidumbre siempre habían formado parte de mi trabajo, pero durante aquella temporada se hicieron presentes con una intensidad y una frecuencia que cambiaron por completo mi percepción de lo vulnerable que puede ser nuestra vida. Eso hizo especialmente visible algo que siempre había sido verdad: nuestra vida puede cambiar en muy poco tiempo y muchas de las cosas en las que invertimos años pueden desaparecer.

Además, en ese mismo tiempo, la enfermedad de mi padre me confrontaba de una manera muy cercana con esa fragilidad. Fue en medio de todo ese contexto cuando comencé a mirar hacia atrás y a analizar mi propia vida. Había trabajado intensamente para alcanzar objetivos que consideraba importantes y que asociaba, de distintas maneras, con estabilidad, realización y una vida mejor. Algunos de ellos los había alcanzado.

Pero al contemplarlos desde la perspectiva que me estaban dando la pandemia y la enfermedad apareció una pregunta:

«¿Y ahora qué?»

La pregunta no significaba que aquellos logros fueran malos ni que trabajar, construir proyectos, cuidar de nuestra familia o disfrutar de los buenos regalos de Dios careciera de valor. Lo que comenzaba a quedar al descubierto era algo diferente: ninguna de esas cosas podía darme la vida que había esperado encontrar en ellas.

La pandemia hizo especialmente evidente su fragilidad. En una reflexión de aquella época llegué a preguntarme:

«¿Para qué invertir tanto esfuerzo en algo que puede acabar en un segundo?»

Y fue también en medio de ese mismo periodo cuando volví a encontrarme con la promesa de Isaías que había recibido muchos años antes y que estaba impresa en una pequeña tarjeta dentro de un viejo cuaderno devocional:

«Ya el sol no será para ti luz del día, ni el resplandor de la luna te alumbrará; sino que tendrás al Señor por luz eterna, y a tu Dios por tu gloria. Nunca más se pondrá tu sol, ni menguará tu luna, porque tendrás al Señor por luz eterna, y se habrán acabado los días de tu luto.» (Is 60:19-20)

En aquel momento esas palabras adquirieron para mí un significado muy personal. Empecé a preguntarme qué significaba realmente que el Señor fuera mi luz eterna y mi gloria.

Empecé a entender la imagen de la luz como aquello de lo que recibo vida y orientación: lo que guía mis decisiones, alimenta mis deseos, mueve mis motivaciones, sostiene mis sueños y me proporciona una razón para vivir. Que el Señor fuera mi luz significaba que Él llegara a ocupar cada vez más ese lugar: mi fuente de vida, mi guía, mi motivación, mi visión y mi deseo.

Y entendí también de una manera nueva la expresión «mi gloria». ¿De dónde recibía mi sentido de valor? ¿Qué me hacía sentir importante? ¿Sobre qué estaba construyendo mi identidad? ¿Mi éxito, mis capacidades, mi profesión, mi reputación, el reconocimiento de los demás? ¿O el hecho de ser amada por Dios, perdonada, recibida y hecha su hija?

Comencé entonces a reconocer otros «soles y lunas» en los que podía estar buscando aquello que, en último término, solo Dios podía darme: reputación, éxito, dinero, conocimiento, profesión, afecto humano, reconocimiento, aprobación, buen comportamiento, atención o admiración.

No significaba que todas esas cosas fueran malas. Muchas son buenas y podemos recibirlas con gratitud. El problema era convertirlas en fuentes de vida, identidad y valor.

La pandemia y la enfermedad de mi padre estaban haciendo visible la fragilidad de muchas cosas que normalmente damos por seguras. Pero Isaías me llevó a una pregunta todavía más profunda que la de su fragilidad:

Aunque todas esas luces siguieran brillando, ¿qué lugar ocupaban en mi corazón?

Porque no necesitaba esperar a perder mi profesión para que dejara de ser mi identidad. No necesitaba perder el reconocimiento de otros para dejar de buscar allí mi valor. No necesitaba que desaparecieran todos mis proyectos para que dejaran de ser la razón última por la que vivía.

La promesa de Isaías apuntaba hacia algo mucho mayor: un día Dios mismo será definitivamente la luz y la gloria de su pueblo. Y empecé a comprender que lo que un día será una realidad plena podía comenzar a hacerse cada vez más real en mi vida presente.

Que Él fuera mi luz. Que Él fuera mi gloria. Que mi vida, mi identidad, mi valor, mi dirección y mi esperanza estuvieran cada vez más arraigados en Él.

Esta imagen de Isaías 60 encuentra para mí una conexión muy significativa con las palabras de Juan acerca de Jesucristo:

«En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.» (Jn 1:4)

La conexión entre vida y luz me ayuda a comprender todavía mejor que, si Cristo es mi vida, no necesito pedir a las cosas creadas que me proporcionen aquello para lo que nunca fueron hechas.

Puedo disfrutar de ellas sin convertirlas en mi vida. Puedo agradecer su luz sin convertirlas en mi sol. Y puedo sufrir profundamente cuando alguna de ellas se pierde sin que, junto con ella, tenga que perder también mi identidad, mi valor, mi dirección y mi esperanza.

Las luces temporales pueden menguar. La Luz eterna no.

9. ¿En qué consiste esa vida?

Pero esto plantea una pregunta importante. Si decimos que Cristo es nuestra vida, ¿qué significa realmente?

La vida eterna no consiste solamente en seguir existiendo después de morir. Jesús la describe diciendo:

«Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (Jn 17:3).

La vida que recibimos en Cristo es, en su centro, vida reconciliada con Dios: conocer al Padre, vivir en comunión con Él, recibir su amor y aprender a responder a ese amor amándole a Él y a los demás.

Pero esa reconciliación no la conseguimos nosotros. Dios mismo ha abierto el camino hacia Él por medio de Jesucristo. Pablo dice que «Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones» (2 Co 5:19), y que «habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Ro 5:1).

Por eso, creer en Cristo no consiste simplemente en aceptar una serie de verdades acerca de Él ni en obtener una especie de garantía para ir al cielo después de morir. Es confiar en quién es Jesús – el Hijo de Dios – , nuestro Señor y Salvador y en lo que Dios ha hecho por medio de su muerte y resurrección, recibir el perdón que no podemos procurarnos a nosotros mismos y ser reconciliados con Dios para comenzar a vivir en comunión con Él.

Visto así, el perdón de los pecados no es el destino final de la salvación. Dios quita aquello que nos separaba de Él para devolvernos a la comunión para la que fuimos creados. El objetivo no es simplemente quedar sin culpa; es volver a la fuente de nuestra vida.

Y esa comunión comienza ahora. Se vive confiando en Cristo, permaneciendo en Él, escuchando su palabra, orando, andando por el Espíritu, experimentando su amor y respondiendo a Dios en obediencia. Cuando pecamos, no necesitamos escondernos de Dios ni reconstruir por nuestros propios méritos el acceso a Él: volvemos en arrepentimiento y confesión, confiando en la obra de Cristo. «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad» (1 Jn 1:9).

Nuestra comunión con Dios, por tanto, no se sostiene porque logremos mantener un comportamiento suficientemente bueno. El fundamento sigue siendo Cristo y la gracia recibida en Él. La oración, la Palabra, la obediencia, el arrepentimiento y la confesión no sustituyen su obra ni vuelven a comprar nuestro acceso a Dios; forman parte de la vida de quien, gracias a Cristo, ha sido reconciliado con su Padre.

El perdón no es el destino; es el camino abierto por Cristo para devolvernos a Dios, porque en Él está la Vida.

1 Juan 2:12-17 ayuda a comprender qué significa entonces pasar de buscar la vida en el mundo a encontrarla en Dios. Juan habla a personas cuyos pecados han sido perdonados, que «conocen al Padre», en quienes permanece la palabra de Dios y que han vencido al maligno. Y entonces les dice:

«No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él» (1 Jn 2:15).

Juan contrapone aquí el amor del Padre al amor al mundo. El contraste resulta especialmente significativo para lo que venimos hablando: ¿dónde busca el corazón aquello de lo que espera recibir vida?

Por un lado está «el mundo»: un sistema de deseos, posesiones, apariencias, autosuficiencia y prestigio que promete vida, pero que no puede conservarla:

«Y el mundo pasa, y también sus pasiones» (1 Jn 2:17).

Por otro lado está la persona que vive orientada hacia Dios:

«Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn 2:17).

Juan no contrasta simplemente «este mundo que pasa» con «el cielo al que iremos después». Lo contrasta con una persona cuya vida ha quedado arraigada en Dios y, por eso, participa de aquello que permanece.

Eso ayuda a comprender lo que significa que Cristo sea nuestra vida. No se trata solamente de poseer una especie de inmortalidad futura. Es comenzar ahora a vivir desde otra fuente: el amor del Padre, su presencia, su voluntad y la vida que recibimos de Él por medio del Hijo y del Espíritu.

Pablo lo expresa de otra manera:

«Habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria» (Col 3:3-4).

Tenemos ya esa vida, aunque todavía no la experimentamos en toda su plenitud. Nuestro cuerpo sigue siendo mortal. Seguimos viviendo dentro de una creación que gime y esperamos todavía «la redención de nuestro cuerpo» (Ro 8:23).

Pero precisamente aquí Romanos 8 dice algo extraordinario acerca de lo que ya no podemos perder:

«¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?» (Ro 8:35).

La lista resulta especialmente significativa al hablar de catástrofes. Pablo no dice que quienes pertenecen a Cristo estarán protegidos de toda tribulación, peligro, hambre o incluso muerte. Dice algo mayor: ninguna de esas cosas puede separarlos del amor de Cristo.

«Ni la muerte, ni la vida […] ni lo presente, ni lo por venir […] ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Ro 8:38-39).

Podemos perder cosas muy valiosas: la salud, la casa, nuestros proyectos, personas amadas e incluso nuestra vida biológica. Pero no podemos perder el amor de Dios que nos ha sido dado en Cristo.

Y si la vida eterna consiste en conocer a Dios, vivir reconciliados con Él y participar de su amor, entonces lo más profundo de nuestra vida está fuera del alcance de aquello que una catástrofe puede destruir.

No porque la pérdida deje de doler. No porque la muerte deje de ser enemiga. Sino porque ninguna pérdida puede arrancarnos de Aquel que se ha convertido en nuestra vida.

La esperanza cristiana no consiste en que nada malo podrá ocurrirnos. Consiste en que nada de lo que pueda ocurrirnos —ni siquiera la muerte— puede separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús.

Y precisamente ahí está nuestra vida.

10. ¿Qué vida tengo miedo de perder?

Si esta es la vida que tenemos en Cristo, una catástrofe puede hacernos una pregunta especialmente profunda: ¿qué vida tengo miedo de perder?

Una catástrofe puede derribar en minutos cosas que tardamos décadas en construir. Eso no hace que esas cosas sean malas ni vuelve menos doloroso perderlas. Jesús lloró ante la muerte y el Nuevo Testamento continúa llamándola enemigo.

Pero una crisis puede ayudarnos a distinguir entre nuestra vida y las cosas que rodean nuestra vida. Jesús advirtió que «la vida de uno no consiste en la abundancia de los bienes que posee» (Lc 12:15), y también dijo:

«El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.» (Mt 16:25)

La pregunta no es si debemos dejar de valorar esta vida, sino si estamos intentando convertirla en algo que podamos asegurar por nuestros propios medios. La fe cristiana no desprecia lo temporal, pero sí nos libera de organizar toda nuestra existencia alrededor de la autopreservación.

¿Estoy viviendo para conservar una vida que inevitablemente perderé, o estoy aprendiendo a vivir desde la Vida que en Cristo nunca podré perder?

Entonces la pregunta ya no es solo qué podemos perder, sino cómo hemos llegado a recibir una vida así. La respuesta nos lleva de nuevo al juicio, al pecado y a la misericordia de Dios: nos lleva a la cruz.

11. Juicio y misericordia se encuentran en Cristo

El Dios que escucha la sangre de Abel también dice que no se complace en la muerte del impío, sino en que se vuelva de su camino y viva (Ez 18:23). Por eso el anuncio del juicio y el llamado al arrepentimiento aparecen juntos.

En la cruz, Dios no declara irrelevante el pecado para poder perdonar al pecador. Cristo entrega su vida por nosotros y carga con nuestros pecados, de manera que el culpable puede ser perdonado y reconciliado con Dios sin que el mal sea llamado bien. Pero la obra de Cristo no termina en la cruz. Dios lo resucita de entre los muertos, venciendo aquello que parecía tener la última palabra: la muerte. Por eso el evangelio no anuncia solamente perdón, sino también una vida nueva que nace de la unión con Cristo resucitado.

Hebreos habla de Jesús, mediador del nuevo pacto, y de «la sangre rociada que habla mejor que la sangre de Abel» (Heb 12:24). La sangre de Abel declara que se ha cometido una injusticia. La sangre de Cristo no niega esa injusticia: asume su juicio y responde a su demanda de justicia, de modo que el culpable puede ser perdonado, reconciliado y transformado.

Por eso, la urgencia de compartir con otros que en Cristo hay perdón, reconciliación con Dios y una vida nueva no necesita alimentarse de especulación ni de miedo. La vida es frágil, el juicio es real y Cristo ha abierto para nosotros el camino de regreso a Dios. Mientras hay tiempo, esa es la buena noticia que anunciamos.

12. Entonces, ¿qué hacemos cuando la tierra tiembla?

Nuestra primera respuesta ante quienes sufren no debería ser interpretar su tragedia, sino acercarnos. Rescatar, ayudar, compartir, consolar, orar y sostener. El buen samaritano no se detuvo a averiguar por qué aquel hombre había terminado herido antes de vendar sus heridas.

Y, al mismo tiempo, permitimos que la fragilidad ajena nos recuerde la nuestra. Nos arrepentimos. Examinamos dónde estamos buscando la vida. Recordamos que nuestras luces temporales no son eternas. Y anunciamos a Cristo.

No necesitamos decir:

«Convertíos porque esta catástrofe demuestra que Dios está destruyendo el mundo».

Podemos anunciar algo mucho más fiel al evangelio:

«Hay una Vida que la muerte no puede destruir».

Cristo murió. Cristo resucitó. Cristo volverá. Y quienes están unidos a Él participan ya de una vida que un día será manifestada plenamente.

Conclusión: vivir orientados por el amanecer

Cuando la tierra tiembla no siempre podemos explicar por qué tembló. No podemos identificar con seguridad cada tragedia como juicio, ni utilizar cada terremoto para calcular cuánto falta para el fin.

Pero sí sabemos hacia dónde se dirige la historia. Isaías anuncia que el Señor será la luz eterna de su pueblo y que terminarán los días de luto. Apocalipsis describe una creación en la que Dios enjugará toda lágrima y ya no habrá muerte, duelo, clamor ni dolor.

Lo que un día será realidad en plenitud puede comenzar a gobernar nuestra vida ahora. Dios será nuestra luz eterna: aprendamos a vivir hoy desde su luz. Cristo será manifestado como nuestra vida: aprendamos a vivir hoy desde esa vida.

La profecía no fue dada para que vivamos mirando obsesivamente el reloj, sino para que vivamos orientados por el amanecer.

Quizá, entonces, cuando la tierra tiembla, la pregunta más importante no sea «¿es esta la señal de que se acaba el mundo?», sino: «si aquello que ahora considero mi vida pudiera desaparecer, ¿seguiría teniendo Vida?»

«En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.» (Jn 1:4)

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