
«Flevit super illam», Enrique Simonet, 1892. Museo del Prado. Dominio público.
Donde el Rey es rechazado, la paz también lo es.
Un llanto que rebela algo profundo:
En el Evangelio de Lucas 19: 41-44 leemos algo impactante:
Cuando se acercó, al ver la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: ¡Si tú también hubieras sabido en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está oculto a tus ojos.
Porque sobre ti vendrán días, cuando tus enemigos echarán terraplén delante de ti, te sitiarán y te acosarán por todas partes.
Y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no conociste el tiempo de tu visitación.
Jesús llora.
Llora sobre Jerusalén.
Y lo que dice es clave: no han reconocido lo que conduce a la paz.
¿Por qué hay conflictos y guerras entre nosotros?
Podríamos dar muchas respuestas. Pero en el fondo, hay una raíz más profunda:
Hemos rechazado al Rey.
En última instancia, el rechazo del reinado de Dios está en la raíz del conflicto humano, aunque no siempre se manifieste de forma simple o directa en cada situación.
Donde Él gobierna, hay paz. Esto es lo que dice Isaías 9:6-7:
Nos ha nacido un niño,
Dios nos ha dado un hijo:
a ese niño se le ha dado
el poder de gobernar;
y se le darán estos nombres:
Consejero admirable, Dios invencible,
Padre eterno, Príncipe de paz.
Él se sentará en el trono de David,
y reinará sobre todo el mundo
y por siempre habrá paz.»Su reino será invencible,
y para siempre reinarán
la justicia y el derecho.»Esto lo hará el Dios todopoderoso
por el gran amor que nos tiene.»
El lamento del Señor Jesús dice: «¡Si tú también hubieras sabido en este día lo que conduce a la paz!»…
¿Qué es lo que conduce a la paz? Reconocerle a Él como Rey y seguir sus indicaciones.
Dos formas de responder al Rey
En la escena previa, antes de este llanto, ocurre algo muy significativo. Jesús entra en Jerusalén como rey. Antes de entrar, pide a sus discípulos que cojan un pollino y si alguien les pregunta por qué lo cojen, deben decir: «Porque el Señor lo necesita». Es decir, «Porque el Rey, el que manda, lo necesita». Efectivamente encuentran el pollino y cuando lo están cogiendo, sus dueños, es decir, sus señores, les preguntan que por qué lo cogen y ellos les responden: «Porque el Señor lo necesita». Es decir, sí, vale, yo tengo mis cosas, pero el Dueño absoluto de todo es el Señor y puede disponer de todo lo mío que Él necesite.
Luego llega la escena de los mantos, sus discípulos se quitan los mantos y los ponen sobre el pollino y también los van tendiendo sobre el camino. Esto es también un acto de reconocimiento del Rey, de que todo lo que yo soy está a su servicio . Y luego los cánticos, las alabanzas por todas las maravillas, los milagros de poder que han visto. Es decir, por el reconocimiento de las obras poderosas de este Rey: sanar, liberar, proveer. Ellos le alaban y le reconocen como su Rey.
Pero entonces aparecen los fariseos y no le llaman Rey, ni tampoco Señor, sino que le llaman «Maestro» y le piden que reprenda a sus discípulos por llamarle Rey.
Y así, con toda esa antesala es que viene entonces el llanto del Señor Jesús por Jerusalén. Es por eso que su lamento inicia con «si tú también…» (así como ellos, los discípulos):
Si tú también hubieras reconocido…
si tú también te hubieras rendido…
Una pregunta incómoda
Esto nos lleva a algo muy personal:
¿Jesús llora por mí también?
(en el sentido de que mi vida puede también participar de aquello que entristece el corazón de Dios)
No hagan que se entristezca el Espíritu Santo de Dios, con el que ustedes han sido sellados para distinguirlos como propiedad de Dios el día en que él les dé la liberación definitiva.
Efesios 4: 30
¿Cuánto dolor pueda ser que esté pasando, simplemente porque no he reconocido al Rey?
¿Cuántos conflictos y peleas me ahorraría si en mi vida gobernara en realidad Él?
Yo puedo llamarle Rey, pero mis conflictos evidencian que mi vida aún no está totalmente bajo el gobierno de Él.
Es cierto que incluso una vida rendida a Dios puede enfrentar oposición y dificultad externa. El mismo Señor Jesucristo lo sufrió y lo advirtió. Pero también es cierto que muchos de nuestros conflictos son el resultado de no seguir «lo que conduce a la paz», al igual que le sucedió a la ciudad de Jerusalén.
Si no he perdonado aunque Él me dice que lo haga… Estoy rechazando al Rey. Es decir, estoy resistiendo el reinado del Rey en esa área de mi vida.
Si no estoy amando sin esperar nada a cambio, incluso a mis enemigos… Estoy rechazando al Rey. Es decir, no estoy caminando conforme a su gobierno.
Y así sucesivamente, si leo el Sermón del Monte y no lo estoy viviendo… Estoy rechazando al Rey, en el sentido de que no estoy permitiendo que su reinado se exprese plenamente en mí.
Porque cuando mi vida es de verdad dirigida por Su Espíritu Santo, viviré lo que dice ahí, porque esa es la ley real, la ley del Rey. No de forma perfecta, pero sí de forma real y progresiva, como fruto de su obra en mí.
Aceptar el reinado de Cristo no se limita a una creencia intelectual o a una declaración verbal; significa rendirse a su forma de vivir y permitir que su carácter y su vida gobiernen nuestras decisiones diarias.
¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?
Lucas 6:46
El fruto como evidencia del Reino
Esto conecta con algo que Jesús enfatiza de forma muy clara en sus enseñanzas: el fruto.
En el Evangelio de Mateo capítulos 21 al 24, Jesús muestra que el problema no era simplemente no reconocerle con palabras, sino la falta de fruto en la vida del pueblo.
Por ejemplo, cuando maldice la higuera que tenía hojas pero no fruto, está señalando una realidad muy profunda: puede haber apariencia de vida, pero no una vida realmente sometida al Reino.
Y más adelante dice que el Reino será dado a quienes produzcan sus frutos (Mateo 21:43), dejando claro que el fruto es la evidencia de que el Rey ha sido verdaderamente recibido.
También define ese fruto en términos muy concretos:
- Justicia
- Misericordia
- Fidelidad (Mateo 23:23)
Esto es muy importante. No se trata solo de decir que Él es Rey, sino de que su reinado produzca algo visible en mi vida.
Entonces, esto añade una dimensión más a la pregunta:
No solo es: ¿le reconozco como Rey?
Sino también: ¿hay fruto de su reinado en mi vida?
Porque al final, el fruto no es un añadido a la vida cristiana, es la evidencia de que el Rey realmente está reinando.
No es en mis fuerzas, sino en su vida en mí
Todo esto plantea una pregunta muy importante: Si no perdono, si no amo, si no vivo lo que Él manda… ¿significa entonces que todo depende de mi esfuerzo?
La respuesta es no.
Porque el mismo Rey que nos llama a vivir bajo su gobierno, es el que hace posible esa vida en nosotros.
De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.
2 Corintios 5:17
Esto cambia completamente la perspectiva. No se trata de que yo, con mis fuerzas, logre vivir el Sermón del Monte. Se trata de que hay una vida nueva en mí que sí puede vivir así. Esa vida es la vida de Cristo. Y es el poder de su resurrección el que hace posible:
- Perdonar cuando humanamente no puedo
- Amar cuando no me nace
- Rendirme cuando quiero controlar
Por eso, reconocer al Rey no es solo obedecerle externamente, sino rendirme para que Él viva en mí lo que yo no puedo vivir por mí misma.
Entonces, cuando Dios me permite ver áreas donde no hay fruto, no es para condenarme o exigirme más, es una invitación a algo más profundo: a dejar de vivir desde mí, y empezar a vivir desde Él. Porque al final, no es mi esfuerzo el que produce el fruto, sino su vida en mí.
Y ahí está la verdadera esperanza, el mismo Rey que pide fruto, es el que lo produce en aquellos que se rinden a Él.
El dolor del corazón de Dios
Pero hay algo aún más profundo. Jesús no enseña solo esto…lo siente. En el Evangelio de Mateo 23: 37 dice:
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!
Dios quiere pero el ser humano no quiere. Ese es el drama.
Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz…
Juan 3:19
El problema no es solo el pecado… es rechazar al Dios que quiere darte vida.
Jesús no habla con frialdad. Habla con dolor. Porque:
- Quiere reunir
- Quiere cuidar
- Quiere dar paz
Pero no es recibido y por eso llora.
Respuesta del corazón
El Corazón que no quiero herir
Un corazón roto
es el corazón de mi Señor.
Yo no quiero seguirlo rompiendo,
quiero su alegría y su sonrisa,
quiero deleitar su corazón.
Pero sé que solo hay una vida
que hace posible esto,
y no es la mía,
aunque me esfuerce.
Solo Cristo en mí
puede ser quien sane y deleite
el corazón del Padre.
Porque ese corazón,
que tanto ama,
encuentra consuelo
cuando en vez de alejarme y desobedecer,
confío en Él,
le obedezco
y vivo por su vida en mí.
Conclusión
La paz que Jesús ofrece es real. Pero no depende de las circunstancias. Depende de quién gobierna.
La paz no fue rechazada por falta de poder, sino por falta de rendición al Rey. Y hoy sigue siendo igual.
Cada vez que elegimos nuestro camino sobre el suyo… no perdemos su amor, pero sí nos alejamos de la paz que Él ya nos dio.
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