EXPERIMENTANDO LA GRACIA – Relato Personal

Yo soy aquella persona malherida en una cuneta, hasta que el Buen Samaritano me tuvo compasión, interrumpió su camino  y me vino  rescatar.

Yo soy aquel hijo descarriado o aquella oveja perdida a la que un buen Padre o un buen Pastor volvió a recibir o fue a rescatar.

Yo soy aquel obrero que solo trabajó una hora en la viña, a quien un amo generoso pagó todo el jornal.

Y también soy aquella mujer adúltera a quien un buen Maestro perdonó y no quiso condenar.

Soy la ex-herida, la ex-descarriada, la ex-perdida y la ex-prostituta, esa es toda la verdad.

Esa era yo y ya no lo soy, no por mérito o esfuerzo propio, sino porque sin merecerlo, un Salvador vino a rescatarme y cambió toda mi identidad.

Cuando tus ojos son abiertos y te das cuenta de que otro recibió en una cruz el castigo que tú merecías, perdonándote, liberándote y transmitiéndote toda su vida y toda su identidad, te quedas sin palabras y obligado de por vida a decir infinitamente gracias por algo que sabes que nunca podrás pagar.

Y por eso es que desde entonces no tengo ninguna autoridad para mirar a nadie desde una posición de desprecio, condenación o superioridad moral y ni mucho menos tengo derecho a odiar.

Porque el haber recibido misericordia, hace de la misericordia la única respuesta leal.

La gracia es humillante, porque significa aceptar que no pudiste auto salvarte sino que te tuvieron que salvar.

La gracia es ofensiva para el ciego que se cree bueno, pero reconfortante y llena de esperanza para quien puede ver y acepta la dolorosa verdad de su propia oscuridad.

La gracia verdadera libera y empodera porque nunca podrás volver a ser igual. La gracia te libera pero también te compra. Ya no te perteneces a ti mismo. Perteneces para siempre a Cristo, y con Él a su misericordia, su justicia, su amor y su paz.

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