Cuando todo tiembla: libres del temor a perder la vida

Hay momentos en los que descubrimos de golpe algo que normalmente conseguimos olvidar: somos vulnerables.

Un terremoto puede bastar. En pocos segundos puede temblar el suelo que parecía firme. Una casa puede dejar de ser refugio. Podemos perder bienes construidos durante años. Podemos quedar separados de quienes amamos.

Y puede ocurrir algo todavía más doloroso. Algunas personas esperaron mientras buscaban a sus familiares o conocidos entre los escombros. Oraron para que aparecieran vivos. Y finalmente recibieron la noticia que nadie quería recibir.

Por eso, después de un terremoto, el miedo puede quedarse cuando el suelo ya ha dejado de moverse.

¿Y si vuelve a ocurrir? ¿Y si esta vez se cae mi edificio? ¿Y si quedo atrapado? ¿Y si les pasa algo a mis hijos? ¿Y si pierdo mi casa, mi trabajo, todo lo que he construido?

La Biblia tiene algo sorprendentemente profundo que decir sobre ese miedo. No nos avergüenza por sentirlo. Pero tampoco quiere dejarnos esclavizados por él.

«Durante toda la vida»

Hay una frase extraordinaria en la carta a los Hebreos. Dice que Jesucristo vino para:

«librar a los que por el temor a la muerte, estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida».

Hebreos 2:15

Observa algo. No dice solamente que tenemos miedo cuando vamos a morir. Dice que el temor a la muerte puede esclavizarnos durante toda la vida.

Porque el miedo a la muerte es, en el fondo, también miedo a perder la vida. Y podemos comenzar a perderla mucho antes de morir.

Tal vez nunca hayas pensado: «Tengo miedo de morir»

Pero quizá sí hayas pensado: «No puedo perder mi salud». «No puedo perder esta relación». «No puedo quedarme sin dinero». «No puedo fracasar». «No puedo perder el control». «No puedo permitir que les ocurra algo a mis hijos». «Mi vida tiene que salir como la había imaginado».

No hay nada malo en amar nuestra familia, cuidar nuestra salud, proteger nuestra casa, ahorrar o hacer planes. El problema aparece cuando sentimos: «Necesito conservar esto para estar a salvo».

Entonces el miedo comienza a gobernarnos. Podemos pasar toda una vida intentando construir una existencia en la que nada pueda tocarnos. Pero un terremoto nos recuerda brutalmente algo que preferiríamos no saber: no podemos conseguirlo.

¿De dónde viene esta necesidad de protegernos?

La Biblia lleva esta historia hasta Génesis. Dios creó al ser humano para recibir de Él la vida y vivir confiando en su Creador. Pero el ser humano decidió vivir independientemente de Dios. La Biblia llama a eso pecado.

«el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte».

Romanos 5:12

Después del pecado encontramos una frase impresionante. Adán dice a Dios:

«Tuve miedo… y me escondí».

Génesis 3:10

Miedo. Vergüenza. Esconderse. Protegerse. Y finalmente: «polvo eres, y al polvo volverás».

Desde entonces vivimos sabiendo que podemos perder. Y el miedo puede llevarnos a intentar conseguir por nosotros mismos una seguridad que este mundo no puede proporcionarnos.

Construimos nuestras propias fortalezas

Algunos intentamos sentirnos seguros acumulando dinero. Otros controlando cada detalle. Otros buscando reconocimiento. Otros aferrándonos a determinadas personas. Otros intentando asegurar nuestro futuro. Otros poniendo nuestra seguridad en nuestro cuerpo y nuestra salud.

Incluso podemos hacerlo con cosas buenas: una profesión, un proyecto, un ministerio, una familia. Podemos comenzar diciendo: «Quiero hacer esto con mi vida» y terminar diciendo interiormente: «Si esto no ocurre, mi vida habrá sido un fracaso».

El temor a la muerte no solamente dice: «No quiero morir». También puede decir: «No puedo perder la vida que he construido». Y cuanto más necesito conservar algo para sentirme seguro, más poder tiene sobre mí el miedo a perderlo.

¿Qué ofrece entonces Jesús?

El cristianismo dice algo muy diferente de: «Tranquilo. A ti no te ocurrirá nada malo». Jesús nunca prometió eso. Él mismo sufrió, fue traicionado, fue tratado injustamente, sintió angustia y murió.

La Biblia dice que el Hijo de Dios participó de nuestra «carne y sangre» precisamente para entrar en nuestra mortalidad. Pero no vino simplemente para enseñarnos a aceptar la muerte. Vino a vencerla.

Porque detrás de la muerte estaba también nuestro pecado

«la paga del pecado es muerte».

Romanos 6:23

«el aguijón de la muerte es el pecado».

1 Corintios 15:56

Por eso Jesús no vino simplemente a decirnos: «No tengáis miedo». Hizo algo con la causa más profunda de nuestra situación.

«Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz».

1 Pedro 2:24

Cristo cargó con nuestro pecado. Entró en nuestra muerte. Hebreos dice algo extraordinario: mediante la muerte derrotó al que tenía el poder de la muerte. Jesús entró voluntariamente en aquello que nosotros intentamos desesperadamente evitar. Y salió del otro lado. Resucitó.

La resurrección lo cambia todo

Si Jesús simplemente hubiera enseñado cosas hermosas y después hubiera muerto, el miedo seguiría teniendo razón: conserva tu vida, porque cuando la pierdas todo habrá terminado.

Pero el anuncio central del cristianismo es otro: Jesucristo resucitó. La muerte hizo con Él todo lo que podía hacer. Lo mató. Pero no pudo quedárselo.

Y Jesús prometió esa misma resurrección a quienes ponen su confianza en Él.

«el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará».

Mateo 16:25

Jesús no está diciendo: «Tu vida no importa». Está diciendo: «No necesitas salvarla tú».

«¿Y si vuelve a temblar?»

Después de un terremoto esta pregunta es real. Y la respuesta cristiana no es: «No volverá a ocurrir». No lo sabemos. Tampoco es: «Si tienes suficiente fe, Dios protegerá tu casa». No podemos prometer eso.

Podemos tomar medidas de seguridad, revisar estructuras, prepararnos para emergencias, seguir las indicaciones de las autoridades, proteger a nuestros hijos y ayudar a nuestros vecinos. Todo eso es prudencia. La fe no significa vivir irresponsablemente.

Pero después de hacer aquello que está en nuestras manos aparece una frontera que ninguno de nosotros puede cruzar: no podemos controlar completamente lo que ocurrirá. Y allí comienza otra clase de seguridad.

«Padre, en tus manos»

Hay dos frases de la Biblia que cuentan casi toda esta historia. Adán dice: «Tuve miedo… y me escondí». Jesús, mientras está muriendo, dice:

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

Lucas 23:46

Jesús tampoco controlaba en ese momento las circunstancias. Estaba siendo crucificado. Pero sabía algo: en última instancia su vida estaba en las manos del Padre. Y la resurrección demostró que confiar en Él no había sido inútil.

Quizá esta sea una de las formas más profundas de libertad: no poder controlar lo que sucederá y, sin embargo, poder decir: «Padre, en tus manos».

¿Y aquellos por quienes oramos y murieron?

Esta pregunta no puede evitarse. Algunos oraron para que determinada persona apareciera viva entre los escombros. Y apareció muerta. ¿Qué hacemos con eso?

No necesitamos inventar explicaciones. No sabemos por qué Dios permitió cada muerte. Y tampoco necesitamos decir: «Seguro que faltó fe».

Jesús mismo pidió al Padre, ante su muerte: «si es posible, que pase de mí esta copa». Y la copa no pasó. Pero Jesús continuó llamándolo: Padre.

La fe cristiana no consiste en conseguir que Dios haga siempre aquello que le pedimos. Consiste finalmente en confiar nuestra vida a Él incluso cuando no comprendemos lo que permite. Eso puede ser tremendamente difícil. Y puede llevar tiempo.

Pero ¿por qué confiar en Él?

Porque Cristo no solamente murió. Murió por nosotros. El pecado había roto nuestra relación con Dios. Pero Cristo vino a reconciliarnos con Él.

«No hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús».

Romanos 8:1

Después dice que hemos recibido adopción y podemos llamar a Dios «Abba, Padre». Y termina:

«ni la muerte, ni la vida… podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús».

Romanos 8:38-39

Observa algo extraordinario. Pablo no dice: «La muerte no llegará». Dice: «La muerte no podrá separarnos». Ahí está la seguridad cristiana.

Ni siquiera los escombros tienen la última palabra

El cristianismo no enseña simplemente que cuando morimos nuestra alma escapa al cielo. Promete algo todavía mayor: resurrección.

Jesús resucitó corporalmente. Y Dios ha prometido resucitar a quienes están unidos a Él.

«se siembra en corrupción, se resucita en incorrupción; se siembra en deshonra, se resucita en gloria».

1 Corintios 15:42-43

Por eso, después de contemplar cuerpos encontrados entre los escombros, podemos afirmar algo que no pretende disminuir ni un milímetro la tragedia: los escombros no tienen la última palabra sobre el cuerpo humano.

La muerte puede tocar nuestro cuerpo. Pero, para quien pertenece a Cristo, no puede quedárselo. Dios lo reclama para la resurrección.

Y esta libertad cambia la manera de vivir ahora

Aquí volvemos a Hebreos: «por el temor a la muerte estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida».

Cristo no quiere liberarnos solamente para que tengamos paz el día que nos toque morir. Quiere liberarnos ahora, para que no gastemos nuestra vida intentando desesperadamente conservarla.

Cuando sé que mi vida está en las manos del Padre, puedo tener dinero sin hacer del dinero mi seguridad. Puedo cuidar mi salud sin vivir obsesionado con no enfermar. Puedo amar profundamente sin intentar poseer a las personas. Puedo hacer planes sin necesitar controlar el futuro. Puedo trabajar por un proyecto sin pensar que si fracasa mi vida ha fracasado.

Puedo dar. Puedo perdonar. Puedo servir. Puedo obedecer. Puedo amar aunque amar tenga un coste. Porque ya no necesito que todas las cosas permanezcan intactas para poder estar a salvo.

Cristo nos libera para amar

Quizá esta sea una de las consecuencias más hermosas.

La autopreservación pregunta: «¿Cómo puedo conservar mi vida?»
El amor pregunta: «¿Cómo puedo entregarla?»

Jesús escogió la segunda. No porque despreciara su vida, sino porque confiaba en el Padre. Y su resurrección demostró que la vida entregada a Dios no termina perdida.

Por eso el temor a la muerte puede hacernos vivir para nosotros mismos. Pero la esperanza de la resurrección puede hacernos libres para amar.

Y quizá eso sea precisamente lo que más necesita una sociedad después de una tragedia: personas que, aunque también tienen miedo, pueden salir de sí mismas para cuidar al herido, compartir con quien perdió su casa, acompañar al que está de duelo, servir al desconocido y reconstruir juntos.

Si hoy tienes miedo

Quizá eres creyente desde hace años. Quizá tu fe está tambaleándose. Quizá ni siquiera sabes muy bien si crees en Dios.

No necesitas fingir que no tienes miedo. Puedes comenzar simplemente mirando a Jesús.

El cristianismo hace una afirmación extraordinaria que merece al menos ser considerada: la muerte no es el final porque Jesucristo resucitó.

Y si Él realmente resucitó, entonces cambia completamente lo que significa estar vivo. Ya no necesitamos construir una vida imposible de perder. Podemos recibir nuestra vida de Dios. Podemos reconciliarnos con Él por medio de Cristo. Podemos llamarlo Padre.

Y podemos aprender, incluso temblando, a decir: «Mi vida está en tus manos».


Cuando todo tiembla

Puede temblar el suelo. Puede temblar nuestra seguridad. Pueden temblar nuestros planes. Puede temblar incluso nuestra fe.

Pero el evangelio no nos promete una vida en la que nada tiemble. Nos anuncia a Alguien a quien podemos aferrarnos cuando todo lo demás tiembla.

Cristo murió. Cristo resucitó. Y por eso la muerte sigue siendo enemiga, pero ya no tiene la última palabra.

Así que tomemos las precauciones necesarias. Protejamos la vida. Lloremos con quienes lloran. Busquemos a quienes faltan. Ayudemos a quienes perdieron. Reconstruyamos lo que pueda reconstruirse.

Y cuando lleguemos al límite de aquello que podemos controlar, recordemos: no necesitamos salvar nuestra propia vida. Cristo ya abrió un camino que atraviesa incluso la muerte.

Por eso podemos aprender a vivir sin ser esclavos del miedo. Podemos vivir con las manos abiertas. Podemos amar. Podemos esperar. Y aun cuando tengamos miedo, podemos decir: «Padre, en tus manos».

Porque nuestra esperanza no consiste en que nunca perderemos nada. Nuestra esperanza tiene un nombre: Jesucristo, muerto y resucitado.

Y Él ha prometido que la historia de quienes confían en Él no termina bajo los escombros, ni en una tumba, ni en la muerte.

Termina en resurrección y gloria.


Para seguir reflexionando

Esta reflexión nació en el contexto del terremoto de Colombia y está relacionada con otra que publiqué a raíz de las preguntas que surgen cuando una tragedia sacude nuestras seguridades.

Aquí hemos reflexionado sobre el temor a perder la vida y sobre la libertad que Cristo nos ofrece frente al poder de la muerte.

En la reflexión anterior abordé otra pregunta que también puede surgir en momentos como este: ¿cómo debemos interpretar una catástrofe delante de Dios? ¿Es un juicio suyo? ¿Qué puede revelarnos acerca de nuestra fragilidad y de dónde hemos puesto nuestra vida?

Si esa es también tu pregunta, puedes continuar leyendo:

Cuando la tierra tiembla, ¿dónde está nuestra vida?

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