De Malhechor a Hijo: Nuestra Verdadera Identidad en la Cruz de Cristo

…Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios… (1 Pedro 3:18 LBLA)

Introducción: ¿Qué significa haber muerto con Cristo?

Hay expresiones de la Biblia que repetimos con frecuencia, pero cuyo significado profundo no siempre alcanzamos a comprender. Una de ellas es la afirmación del apóstol Pablo:

«Con Cristo he sido juntamente crucificado.» (Gálatas 2:20)

Sabemos que Cristo murió por nuestros pecados. Sabemos que resucitó para darnos vida. Pero ¿qué significa realmente que nosotros hayamos sido crucificados con Él? ¿Qué murió exactamente en aquella cruz? ¿Y qué implicaciones tiene eso para nuestra vida cotidiana?

Hace unos días escuché por primera vez una canción que se llama “El Malhechor”, que está inspirada en la historia del ladrón arrepentido, crucificado junto a Jesús, identificándose el compositor con ese personaje, el malhechor según le llama Lucas o el ladrón según le llaman los otros evangelios. La canción me encantó porque al volver a leer los relatos de la crucifixión, descubrí que quizá también encierran una imagen extraordinariamente clara de lo que Pablo quiso decir cuando escribió: «Con Cristo he sido juntamente crucificado.»

Los evangelios no nos muestran a Jesús muriendo solo. Nos muestran al Hijo de Dios caminando hacia el Calvario acompañado por dos malhechores, siendo crucificado junto a ellos y compartiendo aparentemente la misma condena. Uno de ellos continúa intentando salvarse a sí mismo. El otro reconoce la justicia de su sentencia, se vuelve hacia Jesús y encuentra en Él no solo el perdón, sino también un Rey, un reino y una esperanza completamente nueva.

A lo largo de esta enseñanza quisiera invitarte a contemplar de nuevo esa escena, a mirar con más detenimiento lo que la propia Escritura nos muestra. Creo que el encuentro entre Jesús y los dos malhechores ilumina de una manera sorprendente el significado de la cruz, la relación entre la ley y la gracia, la nueva identidad del creyente, la vida en el Espíritu y, sobre todo, lo que significa dejar de vivir intentando salvarnos a nosotros mismos para aprender a vivir por la fe en el Hijo de Dios.

Tal vez, al igual que me ocurrió a mí, descubras que la historia del malhechor no solo habla de aquel hombre que murió junto a Jesús. Habla también de nosotros. Y quizá, al contemplar su encuentro con el Rey crucificado, comprendamos un poco mejor qué significa haber muerto con Cristo para comenzar a vivir una vida completamente nueva bajo su señorío.

El Relato Bíblico de la Crucifixión

Dice así:

“Y llevaban también a otros dos, que eran malhechores, para ser muertos con Él. Cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», crucificaron allí a Jesús y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.” (Lucas 23:32-33 LBLA)

En Mateo 27:38 dice “entonces fueron crucificados con él dos ladrones. Uno a la derecha y otro a la izquierda” y en Marcos 15:27 dice: “crucificaron con él a dos ladrones. Uno a su derecha y otro a su izquierda”.

Me llama la atención esa frase de “fueron crucificados con Él” o “crucificaron con Él” que mencionan tanto Mateo como Marcos, ya que me evoca a Gálatas 2:20: “Con Cristo estoy juntamente crucificado”.

En Juan 19:17 – 18 nos cuenta lo mismo que en el evangelio de Lucas pero con un detalle que me parece muy bonito:

“Tomaron, pues, a Jesús, y Él salió cargando su cruz al sitio llamado el Lugar de la Calavera, que en hebreo se dice Gólgota, donde le crucificaron, y con Él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en medio.” (Juan 19:17-18 LBLA)

El detalle que me gusta del relato de Juan es que dice que Jesús salió “cargando su cruz”. Una frase que resuena con la invitación de Jesús a tomar nuestra cruz y seguirle: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.” (Mateo 16:24 LBLA).

El Significado del Calvario: El Lugar de la Muerte

¿Y a qué lugar se está dirigiendo? El relato nos cuenta que salió cargando su cruz al sitio llamado “El Lugar de la Calavera”, que en latín se dice Calvario. ¿Qué significa una calavera?, ¿qué simboliza?, podemos llamarlo: “El Lugar de la Muerte”.

Jesús salió caminando “cargando su cruz” aunque con la ayuda física de Simón de Cirene y junto a Él en esa procesión hacia el Calvario iban otros dos que eran malhechores (Lucas 23:32) para ser muertos con Él o sea junto con Él. Llegaron al lugar llamado “La Calavera”, es decir “La muerte” y les crucificaron.

Gálatas 2:20 dice “Con Cristo estoy juntamente crucificado”. Así que creo que la imagen que nos da este relato de Jesús y los malhechores juntos nos permite entender mejor este versículo.

Cristo fue crucificado como uno más entre los malhechores

Este ejemplo, esto que sucedió, este relato histórico y real, nos cuenta que Jesús no fue solo a morir sino que iban junto con él, tanto llevando su cruz como siendo crucificados, dos personas, ¿buenas?, no, sino dos malhechores, dos ladrones, dos culpables. Sentenciados a muerte al igual que Él, que también fue juzgado y declarado culpable, aunque sabemos que era inocente.

El Señor Jesús fue dictaminado “Culpable” en su juicio y condenado a muerte. Y el caso de estos dos malhechores fue igual: los juzgaron y los condenaron, sino que en su caso, sí eran culpables de verdad. Su juicio dio como sentencia culpable, y la condena por lo que habían hecho, lo que merecían, según la justicia romana, fue la muerte en una cruz.

La Identificación de Cristo con el Pecador y la transformación de nuestra identidad

Nosotros hablamos de identificarnos con Cristo. Pero realmente lo que yo veo en esta escena es que primero Él se identifica con nosotros. Él está cargando su cruz como uno más entre los malhechores. Y está siendo crucificado con ellos, como uno más entre los culpables y recibiendo con ellos la misma sentencia: la muerte.

Dice en 2 Corintios 5:14-21:

Pues el amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que uno murió por todos, por consiguiente, todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. De manera que nosotros de ahora en adelante ya no conocemos a nadie según la carne; aunque hemos conocido a Cristo según la carne, sin embargo, ahora ya no le conocemos así. De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas. Y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; a saber, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación. Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; en nombre de Cristo os rogamos: ¡Reconciliaos con Dios! Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él.

y en 1 Pedro 2: 24:

“Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados.”

Entonces, entiendo que yo era pecadora, dominada por el pecado. Esa era la identidad desde la que vivía: la de una humanidad creada por Dios para vivir en comunión con Él, de la que, al contemplarla, Dios dijo que era «buena en gran manera». Sin embargo, al separarse de Dios, que era la fuente de su vida, comenzó a vivir de forma rebelde e independiente. No dejó de ser creación de Dios, pero dejó de vivir en las condiciones para las que fue creada: dependiendo de su Creador, recibiendo de Él la vida, la identidad de hija, la aceptación, la seguridad y la dirección. Y, al perder esa comunión, dejó también de cumplir el propósito para el que había sido diseñada: reflejar su imagen y vivir conforme a su voluntad. Esa humanidad que funciona de forma rebelde e independiente de Dios es lo que Pablo llama «la carne» cuando utiliza este término en un sentido teológico y ético.

¿Y ahora? Gracias a Cristo, según 2 Corintios 5:21, al confiar en Él soy hecha justicia de Dios en Él, unida a Él. He sido hecha justa para vivir para la justicia, no en mis propias fuerzas, sino en Él; unida a Cristo para vivir como hija de Dios, guiada por su Espíritu y conforme al propósito para el que fui creada.

El apóstol Pablo expresa la misma realidad en 1 Corintios 6:9-11. Después de enumerar distintas formas de vida alejadas de Dios —entre ellas los ladrones— concluye diciendo: «Y esto erais algunos de vosotros; pero fuisteis lavados, pero fuisteis santificados, pero fuisteis justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.» Es muy significativo que Pablo no diga: «esto hacíais». Dice: «esto erais». Está hablando de una identidad, una condición.

Así como el malhechor de la cruz era un ladrón condenado justamente por sus hechos, también nosotros éramos pecadores dominados por el pecado. Pero en Cristo nuestra identidad cambia. Ya no somos definidos por nuestra culpa. Hemos sido lavados, santificados, justificados. Y ahora somos hijos de Dios en Cristo.

Es decir, así como el ladrón, yo era malhechora. Y ahora soy una justa hija de Dios en Cristo, con toda su justicia. Una hija de Dios, que comparte su misma naturaleza de justicia y de bondad por medio de la fe en Cristo1.

Cristo se identificó con mi maldad. El Justo ocupó voluntariamente el lugar del malhechor. Como dice Isaías 53:12: “Fue contado entre los transgresores”. Se hizo maldición2, se hizo pecado, no porque dejara de ser santo, sino porque quiso cargar con mi culpa y recibir la sentencia que me correspondía3. Para que, al creer en quién es Él y en lo que hizo —en su perfecta obediencia al Padre, en su inocencia y en qué Él es el Hijo de Dios que murió en mi lugar—, yo pudiera recibir su justicia y el derecho de ser hija de Dios.

Al morir en mi lugar, Cristo se identificó con mi culpa y mi maldad, sin dejar de ser el Justo, para que confiando en Él, yo pudiera ser identificada con su justicia y su bondad.

El Hijo inocente asumió mi lugar delante del juicio de Dios para que yo pudiera ocupar, en Él, el lugar de una hija aceptada delante del Padre.

Dice Juan 1:12 que a todos los que creen en él, se les dio el derecho de ser hijos de Dios, o sea, el identificarse con Dios en su justicia, en su bondad. Esa misma naturaleza que Cristo compartía de justicia, de bondad y de amor. Porque Dios es la fuente de estas virtudes, es su carácter: Dios es amor, justo y bueno4. El identificarme con Cristo, hace que yo reciba por medio de Cristo esa identificación con el carácter de Dios, ese derecho de ser hija de Dios, esa aceptación.

Es dejar de ser malhechor. Pero debo tener claro que a mi carne, a mi naturaleza humana separada de Dios, el dictamen del juicio fue culpable y su sentencia la muerte, sino que Cristo recibió la sentencia en mi lugar y murió por mí.

Recapitulando, al contemplar a Cristo muerto por mí en la cruz y creer, aceptar e identificarme con ese hecho de que Él se hizo pecado por mí y recibió mi sentencia, ¿Qué me ha regalado? Por la fe en su justicia, me ha regalado la reconciliación con Dios y la identidad como hija de Dios en Cristo, su justicia, perdón y aceptación.

Aceptar la cruz implica negarse al «sálvate a ti mismo»

Pero es muy importante entender la actitud que implica esa expresión “Con Cristo estoy juntamente crucificado”. Es la actitud de aceptar una condición, una sentencia y una condena justa. Y eso nos lo ejemplifica muy bien el ladrón de la Cruz.

Dice Lucas 23:33-43:

“Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes. Y el pueblo estaba mirando; y aun los gobernantes se burlaban de él, diciendo: A otros salvó; sálvese a sí mismo, si este es el Cristo, el escogido de Dios. Los soldados también le escarnecían, acercándose y presentándole vinagre, y diciendo: Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo. Había también sobre él un título escrito con letras griegas, latinas y hebreas: ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS. Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas este ningún mal hizo. Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.”

Vemos dos actitudes en esta escena:

1. La Exigencia Rebelde

Lo que uno de los ladrones o malhechores hizo fue lanzarle insultos y decirle: “¿No eres tú el Cristo, el Mesías, el ungido, el elegido de Dios, El Salvador, el Rey? Si eso es así, sálvate a ti mismo y a nosotros.”

¿Qué está queriendo decir este ladrón cuando dice “sálvate a ti mismo y a nosotros”? Decir esto es igual a decir «escápate del juicio de Dios», huyendo.

Están ahí por un juicio, cuya sentencia ha sido culpable y se les ha condenado a muerte. Al pedirle que le salve de la muerte, le está pidiendo que le salve de la condena del juicio romano, que en su caso, fue un juicio justo. Y en el caso de Cristo y nuestros pecados, le está pidiendo que se escape y libre de la sentencia del juicio de Dios sobre nuestros pecados.

¿Qué enseñanza tiene esto para nosotros hoy? Cuando no aceptamos que somos pecadores, o cuando lo aceptamos pero no queremos librarnos del pecado en sí sino únicamente de sus consecuencias, estamos actuando como ese ladrón que quería escapar de la sentencia de muerte. Queremos escapar de la muerte a nosotros mismos, a nuestro egocentrismo, a nuestro autogobierno.

Cuándo estamos negándonos a morir, ¿qué estamos queriendo decir?, ¿qué le estamos diciendo a Cristo qué haga? Le estamos queriendo decir que se escape de la sentencia del justo juicio de Dios, que se escape de esa sentencia y haga que nosotros nos escapemos. Y hacer eso, ¿qué sería?: un acto de rebeldía contra la justicia de Dios.

En este caso del relato histórico de la crucifixión, sí Jesús literalmente se hubiera bajado de la cruz y hubiera salvado al ladrón, ¿qué hubiera sido ante Roma? Un rebelde, un prófugo, un fugitivo, alguien que huyó de su condena.

Lo mismo nosotros ante Dios. Si negamos la sentencia de culpable o la condena a muerte. O si queremos escaparnos de esa sentencia y condena, ¿qué estamos siendo? Rebeldes al justo juicio de Dios.

2. La Rendición Absoluta

Eso es lo que contesta el otro malhechor, quien muestra una actitud muy diferente ante la misma situación. Dice: “ni siquiera temes tú a Dios a pesar de que estás bajo la misma condena”. Esto es muy interesante. Porque nos deja en evidencia el hecho de que Cristo está recibiendo la misma condena que los malhechores.

Él recibió la misma condena que ellos y yo merezco, pero con una diferencia, que es lo que le contesta este ladrón al otro: “Y nosotros a la verdad justamente. Porque recibimos lo que merecemos por nuestros hechos. Pero este nada malo ha hecho.”

Nosotros estamos recibiendo una condena. El juicio de Dios es justo. La sentencia es culpable. Y la condena es justa, es la muerte. La muerte en la cruz. En el caso de los dos malhechores, Roma había juzgado correctamente. Porque ellos eran culpables y así habían sido sentenciados, era un juicio justo. Mientras que en el caso de Jesús era injusto porque él era inocente. Y así lo reconoce este ladrón: “recibimos lo que merecemos por nuestros hechos”.

Así que si venimos a pedir justicia, a exigir justicia a Dios, esa es la justicia de Dios. El juicio es justo. Somos culpables y la condena es la muerte.

Entonces, no es que al creer en Jesús nos libramos del juicio. No, sino que Él se identificó con nuestra culpa y nuestro juicio. Y recibimos el justo juicio de Dios en Él. Recibimos el castigo, la condenación de nuestra vieja humanidad rebelde, malhechora, que fue la muerte en Cristo. Él la recibió por nosotros. Y por ende, nosotros morimos con él, así como esos malhechores5.

El Juicio, la Gracia y la Ley

Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro. (Romanos 6:23 LBLA)

Aceptar que Jesús murió por mí, es aceptar que el juicio de Dios es justo, que yo he pecado y que soy culpable. Y que el juicio y la sentencia de Dios son justas y la condena merecida es la muerte. Y Cristo la recibió por mí.

Tener esa convicción es muy importante cuando decimos “Con Cristo estoy juntamente crucificado”. Y si vamos a Gálatas 2, vamos a ver ahí que ese es el contexto en el que Pablo da esta frase. Está hablando de la ley y la gracia y en Gálatas 2:19, justo el versículo antes del famoso “Con Cristo estoy juntamente crucificado”, dice: “Pues mediante la ley yo morí a la ley a fin de vivir para Dios”. Es decir, la ley es la que me muestra lo que Dios quiere, el estándar de Dios, lo que es lo correcto, lo bueno. Y en el juicio me evalúan para ver si yo lo he cumplido o no. El juicio dice que no he cumplido la ley y me condena. No porque la ley sea mala sino porque yo fui humanamente incapaz de cumplirla6.

Lastimosamente la misma ley que tenía que darme vida, al final me dio la muerte porque puso en evidencia mi diagnóstico, que yo no había hecho la voluntad de Dios, lo que Dios quería, lo bueno, que no había amado a Dios ni a mi prójimo como la ley me pedía que los amara7. Con lo cual, por medio de la ley yo morí a la ley, o sea, me sentenció a muerte, me crucificó. Me condenó y ya una vez hecho su juicio, ya está, ya fue cumplida, ya fue satisfecha. La ley me dice que soy culpable y debo morir. Ya está. Ya morí a la ley porque ya hizo lo que tenía que hacer, juzgarme, condenarme y ejecutarme. Y esto ya sucedió al haber recibido Cristo el juicio y la condena por mí8.

Por eso puedo decir que ya morí a la ley, porque ya cumplí la sentencia. Ya la ley hizo lo que tenía que hacer, que era matarme y efectivamente morí con Cristo. Por eso dice “con Cristo he sido crucificado”.

Esta misma idea aparece en Colosenses 2:13-14. Pablo explica que Dios «canceló el documento de deuda que consistía en decretos contra nosotros… y lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz». La ley había pronunciado un juicio verdadero sobre mí. Mi culpabilidad era real. La sentencia también. Pero Cristo recibió esa sentencia en mi lugar. Por eso el documento que acreditaba mi deuda quedó clavado en la cruz junto con Él.

La ley ya hizo conmigo todo lo que debía hacer: me juzgó, me condenó y, en Cristo, la sentencia fue ejecutada. Por eso puedo decir con Pablo: «Mediante la ley morí a la ley.”

La ley no fue anulada; fue satisfecha. Y la prueba de que quedó satisfecha fue que el documento que acreditaba mi deuda ya no permanece en el tribunal, sino clavado en la cruz de Cristo.

Pero ¿por qué fue satisfecha la ley? Porque Cristo asumió el papel de culpable. Recibió todo el castigo y toda la maldición y toda la sentencia y toda la justa ira y todos los latigazos, todo lo que venía con la pena, toda la condena y finalmente la muerte. Todo lo recibió Cristo por mí y por eso puedo decir: “Yo he sido crucificado con Cristo”. Yo fui castigado con Cristo. Yo fui ejecutado junto con Cristo y por eso ya no vivo yo porque yo ya morí. Ya morí con Cristo, así como los ladrones en la cruz murieron con Él.

Entonces, cuándo leo que el ladrón dice: “nosotros a la verdad justamente porque recibimos lo que merecemos por nuestros hechos. Pero este (Jesús) nada malo ha hecho”, entiendo que está diciendo: “Nuestro juicio es justo. Somos culpables, estamos recibiendo lo que merecemos por nuestros hechos”. Y cuando medito en esto, el relato me desafía a preguntarme: “Así como el ladrón, ¿he aceptado mi condena?, ¿he aceptado que es verdad que soy malhechor y que la sentencia de culpable es justa y la condena, el castigo, la muerte, también lo es?”.

Cuando yo afirmo “juntamente con Cristo he sido crucificado”, “¿estoy aceptando ese hecho de mi culpabilidad?, ¿O al revés? ¿Creo que estoy haciéndole un favor a Dios porque él me pide que muera por él o que muera con Él y yo le hago ese favor a Él?” !No!, identificarme con la muerte de Cristo es aceptar la condena, aceptar que la sentencia es justa y que el juicio de Dios es justo.

Crucificado con Cristo:

1. El Fin del Autogobierno

Recordemos, ¿contra quién se está haciendo el juicio? contra mi humanidad independiente de Dios, contra mi esfuerzo humano, contra lo que he vivido en mi fuerzas.

Cuando yo digo “con Cristo he sido crucificado”, estoy diciendo “Acepto eso. Acepto que soy culpable, que soy un pecador. Es decir, un malhechor y que el castigo que merezco es la muerte”.

Si yo lo acepto, si afirmo que eso es así, entonces no tiene ningún sentido seguir viviendo según la carne, o sea, según mis criterios, deseos y esfuerzos propios. ¿Por qué? Porque esa misma humanidad autosuficiente ya ha sido juzgada, ya ha sido evaluada. Y ha sido sentenciada culpable y ha sido condenada a muerte. ¿Por qué? Porque esa humanidad rebelde es la que me dirigía o me guiaba lejos o en contra de Dios. Era lo que me hacía un malhechor, un pecador.

Esa es la razón por la que por ejemplo el apóstol Pablo en Romanos 8 dice que es imposible que la carne pueda agradar a Dios. Porque es esa misma carne la que recibió el justo juicio de Dios en Cristo, es esa misma carne la que no se pudo salvar a sí misma, la que no pudo agradar a Dios, la que no pudo cumplir con los niveles de justicia de Dios y es esa misma carne la que me lleva a oponerme a Dios.

Por eso, entendemos Romanos 8, que dice que si vivimos según la carne moriremos9, porque ese es el destino del culpable. Pero si vivimos según el Espíritu, o sea, con otra dirección, con otro líder en nuestra vida, viviremos.

2. El Gobierno de Dios

Y esta otra opción, la vida bajo el gobierno del Espíritu, también nos la ejemplifica muy bonito la historia del ladrón en la cruz, porque él inmediatamente después de que dice “recibimos lo que merecemos por nuestros hechos, pero éste nada malo ha hecho”, se dirige a Jesús y le dice: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”, es decir, lo está aceptando como rey. Está reconociendo que él es el rey. Al decirle “acuérdate de mí”, le está diciendo: “Ten misericordia de mí”.

Y Jesús, ¿Cómo le responde?: “Entonces Él le dijo, en verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso”.

El malhechor esperaba ser recordado cuando el reino de Jesús llegara algún día. Jesús fue mucho más allá de sus expectativas. No le prometió simplemente un lugar en el reino futuro. Le prometió: «Hoy estarás conmigo.» Porque donde está el Rey, allí comienza ya el reino.

Todavía esperamos la manifestación plena de ese reino cuando Cristo vuelva en gloria. Pero desde el momento en que somos unidos a Él por la fe, comenzamos ya a participar de su vida y de su comunión con el Padre.

Porque aceptar a Jesús como el rey, dejarlo que entre en nuestra vida como rey y que ya no reinemos nosotros porque ya hemos muerto, es lo que nos permite experimentar desde ya el paraíso. Que Él sea el rey es igual al paraíso. Porque el paraíso es el reino de los cielos, es decir, el reino que estoy aceptando es el reino del paraíso, el reino de los cielos.

Al depositar mi confianza en Jesús y en lo que Él hizo por mí, recibo el Espíritu Santo y empiezo a participar desde ya en su reino como hijo amado. Empiezo a participar del cielo, de la vida del cielo, que es la comunión con Dios, la reconciliación con Dios de la cual ahora somos embajadores.

Antes del Calvario, Jesús ya había explicado el camino

Mucho antes de ser crucificado, Jesús ya había enseñado a sus discípulos que seguirle implicaba tomar también una cruz que ponía fin a su autogobierno. Sus palabras debieron de resultar desconcertantes, porque todavía no entendían que el Mesías debía morir. Sin embargo, vistas desde el Calvario, cobran un significado completamente nuevo.

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.» (Mateo 16:24)

Muchas veces entendemos estas palabras como una invitación a soportar sufrimientos o hacer sacrificios. Pero el contexto muestra algo más profundo. Jesús acaba de anunciar su propia muerte y Pedro intenta impedirla. Jesús responde diciendo que Pedro está pensando «las cosas de los hombres» y no «las de Dios». A continuación les indica que deben negarse a sí mismos y explica que el verdadero problema del ser humano consiste en intentar salvar su propia vida.

«El que quiera salvar su vida, la perderá.»

El verbo que utiliza Jesús (psychē) puede significar vida, existencia o el propio yo. No está invitando a despreciar la vida que Dios creó, sino a renunciar a que nuestro yo siga ocupando el lugar del Rey. Negarse a uno mismo significa dejar de vivir desde aquella humanidad que aprendió a protegerse, justificarse y gobernarse independientemente de Dios.

Eso fue exactamente lo que ocurrió en el Calvario. Uno de los malhechores siguió intentando salvarse. El otro dejó de confiar en sí mismo y puso toda su esperanza en Jesús. Por eso el relato de los dos malhechores se convierte en la ilustración perfecta de lo que Jesús había enseñado meses antes a sus discípulos.

La Nueva Vida, el Paraíso Presente y el Descanso Espiritual

Dice en Efesios 2:5, que Dios nos dio vida juntamente con Cristo aún cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados. Estábamos muertos, rebeldes y separados de Dios, y por eso recibimos el castigo con Cristo, por eso con Cristo morimos al viejo amo llamado carne, llamado naturaleza humana caída, egocéntrica, rebelde contra Dios, que por más que intenta agradarle no puede porque le pasa como el “sálvate a ti mismo”, quiere salvarse a sí misma en vez de hacer lo que agrada a Dios, por eso está condenada a muerte. No puede escapar del juicio de Dios.

A eso morimos, recibimos, aceptamos el justo juicio en Cristo. Y entonces, juntamente con él, dice Efesios 2: 6 nos resucitó y con él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús. Hoy mismo estamos como el ladrón, en el paraíso.

La palabra “paraíso” (parádeisos en griego) evoca el jardín del Edén. Es decir, el lugar donde el hombre vivía en comunión con Dios, sin esconderse, sin miedo y sin intentar ser su propio dios.

En Génesis 3, el hombre pierde el paraíso por querer vivir independientemente de Dios. En Lucas 23, un malhechor entra en el paraíso precisamente cuando deja de intentar salvarse a sí mismo y se entrega al Rey. No porque haya hecho méritos, sino porque confía en Jesús.

Ahora mismo cuando aceptamos ese justo juicio de Dios, esa sentencia en Cristo y aceptamos que Él sea el rey ahora y nos dejamos dirigir por su Espíritu Santo, entonces, ya mismo, estamos sentados junto con Cristo en los lugares celestiales. Gracias a la fe.

El esfuerzo, mis fuerzas, mi humanidad, no consiguió darme esto, fue el aceptar mi sentencia de muerte en Cristo la que lo hizo. No escaparme del juicio, no intentar huir, por ejemplo, cumpliendo ritos religiosos, no intentar salvarme, sino aceptarlo.

Confiar en que Cristo murió por mí, en que yo no me pude salvar, que yo no pude cumplir, que Cristo murió, que recibió el justo juicio. Poner mi fe en Él, en su acto de perdón, de reconciliación con Dios y recibir esa nueva vida con él. Y dejarlo reinar y que nos lleve al paraíso eterno, a vivir junto con él en los cielos. No fue mi esfuerzo sino mi fe en Cristo lo que lo hizo.

Y así se entiende mejor, Gálatas 2:20: “Con Cristo he sido crucificado. Ya no soy yo el que vive”. ¿Por qué ya no vive? Porque es culpable y por eso mereció la muerte. No tiene sentido seguir viviendo gobernado por aquella humanidad que aprendió a vivir separada de Dios y ya recibió su sentencia de muerte en Cristo.

No tiene sentido vivir en la carne, dirigido por mí mismo, en mi fuerza, mis metas, mis deseos, mis historias, en mi esfuerzo. No tiene sentido porque es imposible agradar a Dios así y por eso acepto que mi carne fue juzgada en la cruz y su sentencia fue la muerte. Así que acepto mi muerte en Cristo. Acepto esa sentencia, ese juicio que recibí ahí junto con Cristo en la cruz y de forma coherente con esa realidad ya no vivo dirigida por mí misma porque ya no tiene sentido.

Muchas veces leemos: «Ya no vivo yo…» como una renuncia. Pero también puede leerse como un descanso. Si el «yo» que intentaba justificarse, protegerse y gobernarse ha sido crucificado, entonces ocurre algo extraordinario: ya no tengo que cargar con el peso de ser mi propio salvador.

Mientras el «yo» sigue sentado en el trono, nunca descansa. Siempre tiene que: demostrar su valor, controlar el futuro, defender su reputación, buscar aprobación, protegerse, asegurar su propia vida. Cuando ese «yo» muere con Cristo, cesa esa lucha. Ya no tengo que ser mi propio juez, mi propio salvador, mi propio rey. Cristo vive en mí. El peso cambia de hombros.

Ya no estoy solo/a y ya no tengo que cargar con todo. “Ya no soy yo el que vive sino que ahora Cristo vive en mí”. Ahora he recibido la justicia, la bondad, la naturaleza de Dios en mí. La vida de Dios en mí. Ése es el Espíritu Santo, la vida de Dios en mí, la vida de Cristo en mí y la vida que ahora vivo en la carne, o sea, en mi diario vivir humano cotidiano, ¿Cómo la vivo?, la vivo por fe, es decir, confiando en el Hijo de Dios, en lo que él hizo por mí y confiando en que él es el rey, en lo que Él enseñó, que el Espíritu Santo me guía y me da el poder de vivir.

Viviendo cada día desde la nueva identidad

Llegados a este punto puede surgir una pregunta muy sincera: Si ya morí con Cristo, ¿por qué todavía tengo que luchar cada día contra el pecado? El propio apóstol Pablo responde a esta aparente contradicción en Colosenses 3.

Primero afirma una realidad ya consumada:

«Habéis resucitado con Cristo…» (Col. 3:1)

«Habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.» (Col. 3:3)

No presenta estas afirmaciones como una meta que debamos alcanzar, sino como una realidad que Dios ya ha realizado en Cristo.

Sin embargo, unos versículos después añade: «Por tanto, haced morir lo terrenal en vosotros…» (Col. 3:5). A primera vista parece una contradicción. ¿Cómo puede decir que ya hemos muerto y, al mismo tiempo, mandarnos hacer morir?

La respuesta está en el propio razonamiento de Pablo. No dice: «Haced morir para morir con Cristo.» Dice: «Habéis muerto; por tanto, haced morir.» La conducta nace de la identidad. El imperativo (“haced morir”) nace del indicativo (“habéis muerto”). No luchamos para morir con Cristo. Luchamos porque ya hemos muerto con Él. No intentamos llegar a ser hijos de Dios. Vivimos como quienes ya han recibido el derecho de ser hijos de Dios.

Por eso «hacer morir lo terrenal» no significa volver a crucificarnos ni destruir nuestra humanidad. Significa dejar de alimentar y de obedecer aquellas formas de vivir que pertenecían a la vida antigua, cuando estábamos separados de Dios. Pablo mismo las describe: inmoralidad, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos, avaricia, ira, malicia, mentira10… Son maneras de pensar, desear y actuar propias de aquella humanidad que aprendió a vivir independientemente de Dios. En Cristo esa humanidad ya recibió su sentencia. Ya no tiene autoridad para gobernar nuestra vida.

La cruz cambió nuestra condición delante de Dios, pero nosotros podemos seguir viviendo como si nada hubiera cambiado. Por eso Pablo no solo dice: «Con Cristo he sido juntamente crucificado». También dice: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí». Es decir, ya no tiene sentido que siga gobernando mi vida aquella humanidad que ya fue juzgada y recibió su sentencia en la cruz.

Sin embargo, ¡qué fácil es volver a ella!

  • Cuando necesitamos demostrar continuamente nuestro valor para sentirnos aceptados
  • Cuando vivimos dominados por el miedo al futuro y tratamos de controlarlo todo.
  • Cuando reaccionamos con orgullo porque alguien hiere nuestra imagen.
  • Cuando buscamos nuestra seguridad en nuestros logros, nuestras capacidades o en el reconocimiento de los demás.
  • Cuando intentamos agradar a Dios únicamente por nuestros esfuerzos, olvidando que ya hemos sido aceptados en Cristo.

En todos esos momentos estamos dejando que dirija nuestra vida aquella humanidad que ya fue juzgada en la cruz. Estamos viviendo como si siguieramos siendo un malhechor. Pero esa ya no es nuestra identidad. Ahora somos hijos de Dios. Hemos sido lavados, santificados y justificados en Cristo. Hemos recibido el derecho de ser hijos de Dios. Hemos sido reconciliados con el Padre. El Espíritu Santo habita en nosotros. Cristo vive en cada uno de nosotros. Sin embargo, durante muchos años aprendimos a vivir desde nuestra antigua versión malhechora:

  • Aprendimos a protegernos solos.
  • A buscar nuestra seguridad en nuestras fuerzas.
  • A construir nuestro valor a partir del reconocimiento de los demás.
  • A intentar controlar aquello que nos da miedo.

Esos hábitos siguen llamando a nuestra puerta. Pero ya no definen quiénes somos.

Cada vez que decidimos confiar en el Padre en lugar de vivir dominados por el miedo; cada vez que renunciamos al orgullo para responder con humildad; cada vez que dejamos de buscar nuestra propia gloria para buscar la de Cristo, no estamos intentando morir otra vez. Estamos viviendo de acuerdo con una realidad que ya ocurrió en la cruz.

Eso fue exactamente lo que hizo el malhechor arrepentido. Su cuerpo seguía clavado en la cruz. Seguía sintiendo el mismo dolor. Nada había cambiado en sus circunstancias. Pero ya no vivía desde la misma identidad. Había dejado de intentar salvarse a sí mismo. Ahora confiaba en el Rey que estaba muriendo a su lado.

Eso es vivir por fe. No consiste simplemente en creer que un día iremos al cielo. Es aprender, cada día, a tomar decisiones desde la nueva identidad que ya hemos recibido. Es preguntarnos continuamente: ¿Estoy reaccionando como alguien que todavía necesita salvarse a sí mismo, o como un hijo/a que ya ha sido aceptado/a por su Padre?

Vivir por fe es dejar de escuchar la voz de aquella vieja humanidad que siempre intenta protegerse, justificarse, controlar y salvarse a sí misma, para aprender a escuchar la voz del Hijo de Dios que vive en cada uno de nosotros por medio de su Espíritu.

Por eso Gálatas 2:20 no termina diciendo únicamente: «Con Cristo he sido juntamente crucificado.» Continúa diciendo: «La vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios.» La vida cristiana no consiste en intentar convertirse cada día en una nueva criatura. Consiste en aprender, cada día, a vivir desde la nueva vida que Dios ya nos dio en Cristo.

Cada decisión cotidiana nos plantea la misma pregunta: ¿Estoy reaccionando desde la identidad del viejo malhechor, que intenta salvarse a sí mismo, o desde la identidad del hijo que ya ha sido aceptado, amado y reconciliado con su Padre por medio de Jesucristo y cuenta con la presencia y guía de su Espíritu?

Cada decisión se transforma entonces en una oportunidad para dejar que Cristo reine en mi vida. Porque el problema ya no es quién soy. El problema es desde qué identidad estoy decidiendo vivir hoy.

Se acabó

Se acabó, ya murió, murió contigo y fue la mejor noticia que escuché jamás.

Se acabó, ya murió y hasta ahí llegaron sufrimientos, planes, sueños y deseos, recuerdos alegres y dolorosos, penas, sueños y anhelos.

Hasta ahí, ahí se acabaron las ansias y ambiciones, los traumas, ahí se acabaron resentimientos y dolores, cosas buenas y malas, riquezas y fracasos, ahí se acabaron y murieron, y soy libre, «basta ya el tiempo pasado para haber hecho lo que agrada a la carne» (1 Pedro 4:1-3).

Soy libre porque ya morí, si ya morí, ya se acabó. Hasta ahí llegaron recuerdos buenos y malos, amistades, compromisos, juramentos y promesas, ahí se acabaron, fallecida, nada ya me esclaviza a cualquier antiguo pacto.

Ahora soy libre, Él me ha resucitado y dado vida y solo vivo con un solo plan y un solo propósito: agradarlo a Él, vivir para Él, hacer Su Voluntad, en unión con Él.

Esto me hace súper feliz y súper libre porque es algo que puedo cumplir por el poder del Espíritu Santo, independiente de cualquier circunstancia.

Tengo la posibilidad de sentirme feliz y satisfecha todos los días porque todos los días pase lo que pase, venga lo que venga puedo vivir para Él y agradarlo a Él toque lo que toque hacer.

Es maravilloso, es una libertad increíble, ya no vivo yo, ese yo ya murió, ahora vive Cristo en mí, y lo que ahora vivo ya no vivo para mí, vivo para Él, para agradarle a Él y por la fe en Él.

Se acabó, se murió, da igual lo que venga, bueno o malo, riqueza o pobreza, salud o enfermedad, da igual, ya no vivo para este mundo, no vivo para ser feliz en este mundo, vivo para agradarle a Él, para estar con Él, unida a Él y servirle a Él.

«En Él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres» Juan 1:4

Vivo por Él y para Él, mi deleite y mi vida está en Él.

De pronto morir y dejarlo todo ya no es ningún sacrificio, es toda una liberación. Se acabó la frustración porque no hay nada que frustrar.

Vivir mi vida contigo es mi deleite, mi plan y mi felicidad.

Conclusión: La Gracia y la Comunión con Dios

Oramos “venga tu reino” y un día creemos que así será para toda la humanidad, Cristo gobernando efectivamente como único rey de cielos y tierra. Confiamos que cuando Él reine, será de verdad el paraíso en la tierra, ¿verdad? Todo restaurado, una humanidad restaurada en una creación restaurada. Pero desde ya podemos recibir un anticipo de esa realidad cuando le dejamos que reine en nuestra vida, y vivimos confiando en el rey, en el Hijo de Dios, el cual nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros.

Por eso Pablo puede decir en Gálatas 2: 21 “no hago nula la gracia de Dios”. Esto es la gracia de Dios. Esto que está hablando y experimentando el malhechor en la cruz. “Porque si la justicia viene por medio de la ley, entonces Cristo murió en vano”. Por eso murió Cristo, para recibir mi sentencia de culpable y mi condena de muerte. Se identificó con mi pecado para que yo pudiera identificarme con su justicia, ser hecho justicia de Dios en Él y así poder reconciliarme con Dios, y poder disfrutar del paraíso, que es la comunión con Dios.

Dice el Salmo 16:11: “en tu presencia”, o sea “en el paraíso, disfrutando de estar contigo Dios”, “en tu presencia hay plenitud de gozo. Delicias a tu diestra para siempre”. Y cada vez que dejamos a él ser el rey y experimentamos su reinado en nuestra vida, nos trae lo que trae su reinado, el paraíso: Amor, justicia, gozo y paz11. Nos trae todo lo que es él y lo que viene de él, lo que es Dios, que es la fuente de amor, de bondad, de justicia12, etc.

Y experimentar todo esto es simplemente maravilloso, aunque el camino para experimentarlo implique pasar por aceptar nuestra muerte con Cristo y vivir de forma coherente con ese hecho de que ya hemos muerto con Cristo a una vida centrada en nosotros mismos. Es necesario, es inevitable, es la única forma de poder disfrutar el reino de Dios, el paraíso.

El evangelio no termina en la cruz. La cruz pone fin al viejo malhechor, pero abre el camino a una vida nueva bajo el reinado de Cristo. Morimos con Él para vivir con Él. Dejamos de intentar salvarnos a nosotros mismos para aprender, cada día, a vivir como hijos del reino de Dios. Esa es la vida que Pablo describe cuando dice: «La vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios».

Morir con Cristo no solo pone fin a nuestra condena. También pone fin al agotamiento de intentar vivir independientemente de Dios. Desde el momento en que dejamos de luchar por salvarnos a nosotros mismos, justificarnos o gobernarnos, podemos descansar. No porque todas las circunstancias hayan cambiado, sino porque Cristo ya ha llevado nuestro juicio y nos ha reconciliado con el Padre. Eso fue lo que experimentó el segundo malhechor. Su cuerpo seguía en la cruz, pero su corazón ya había entrado en el descanso del reino de los cielos. Por eso Jesús pudo decirle: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». El descanso comenzó antes de abandonar la cruz, porque comenzó en el momento en que dejó de confiar en sí mismo y puso toda su esperanza en el Rey crucificado.

Y bueno, eso os quería compartir, de cómo la historia del encuentro entre Jesús y los malhechores en la cruz nos permite entender mejor el evangelio, las buenas noticias de Jesucristo y en especial Gálatas 2:20, lo que significa identificarnos con Cristo.

Os invito a escuchar la canción “El Malhechor” y reflexionar sobre lo que os he compartido.

Notas

  1. 2 Pedro 1:1-4. ↩︎
  2. Gálatas 3:13. ↩︎
  3. Isaías 53:4-7; 1 Pedro 2:24 ↩︎
  4. 1 Juan 4:8, Salmo 25:8 ↩︎
  5. Romanos 6:6-7 ↩︎
  6.  Romanos 7 ↩︎
  7. Mateo 22:34-40 ↩︎
  8.  2 Corintios 5:14
    ↩︎
  9. Romanos 8:13 ↩︎
  10. Gálatas 5:19-21 ↩︎
  11. 1 Juan 4:8, Romanos 14:17
    ↩︎
  12. Efesios 5:9 ↩︎

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