Cuando ser exitosa no es suficiente: Confesiones de un desierto interior y el río que le dió vida

El que cree en mí, como ha dicho la Escritura: «De lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva». 

Jesús de Nazaret (S. Juan 7:38)

Crecí en un hogar cristiano, rodeada de las historias de la Biblia y las actividades de la iglesia. Tenía una relación con Dios. Sin embargo, hace unos años, el Señor me confrontó con una pregunta que resquebrajó mis seguridades y expuso una insatisfacción oculta que yo misma ignoraba. A través de la Biblia, leyendo Juan 3, me preguntó directamente: “¿Estás experimentando la vida que Yo vine a darte?”. Esa pregunta me lanzó a un viaje de descubrimiento, uno que me llevó de una fe compartimentalizada y centrada en mí misma, a la abrumadora realidad de la vida abundante que solo se encuentra en Cristo. Este es el relato de cómo pasé de ser un desierto a ver ríos de agua viva brotar en mi alma.


1. Una Infancia de Dos Mundos

Nací en un hogar de misioneros en Colombia. Desde mis primeros recuerdos, Dios estuvo presente. Mi vida giraba en torno a conocer a Cristo y participar en las actividades de la iglesia. Sin embargo, al mismo tiempo, vivía en una realidad paralela: el mundo académico y social, donde nuestra fe nos hacía diferentes.

Aprendí a navegar en estos dos mundos. En la escuela y con mis amigos, era la líder, la que obtenía buenas notas y destacaba en los deportes. Disfrutaba el éxito y el reconocimiento. Pero en el fondo, sentía una dualidad. Para evitar sentirme como un «bicho raro», a menudo evitaba hablar de la fe de mi familia, como si me avergonzara de ella.

Mi vida, aunque aparentemente buena y exitosa, estaba perfectamente compartimentalizada:

  • El mundo religioso: Donde Dios era el protagonista de mis tiempos de oración y mis proyectos en la iglesia.
  • El mundo secular: Donde, en la práctica, la protagonista era yo. Mis logros, mis habilidades y mis éxitos eran el centro.

Creí en Cristo y lo acepté en mi corazón como Señor y Salvador desde muy pequeña, renovando esa decisión varias veces a lo largo de los años. Cada vez era más consciente de lo que Él había hecho en la cruz. Sin embargo, mi fe carecía de dos elementos cruciales: una profunda conciencia de mi propio pecado (indiferencia, orgullo e incredulidad) y la comprensión de que Dios no quería ser sólo una parte de mi vida, sino el centro de toda mi vida. Aunque intelectualmente sabía que todos los seres humanos somos pecadores y por eso necesitamos a Cristo, en el fondo, sincera pero ingenuamente, me creía buena y todo, sin darme cuenta, giraba en torno a mí.

Externamente parecía tenerlo todo, sin embargo, esta vida dividida albergaba un faltante que no sabía cómo nombrar.

2. El Despertar: Reconociendo el Desierto Interior

A través de varias circunstancias personales como la enfermedad de mi padre y desafíos laborales como la pandemia, Dios abrió mis ojos y entendí la vanidad de mi vida, lo pasajera, egocéntrica e insuficiente que era para saciar mis necesidades profundas.

Ahora puedo ponerle nombre a la necesidad que me había acompañado toda la vida: soledad afectiva, un término que describe a la perfección esa sensación de carencia de intimidad profunda que mis logros, pareja, amistades y actividades no podían llenar. Dios me hizo comprender que, en última instancia, no se trataba de una necesidad de afecto humano, sino de un anhelo de comunión con Dios que mi propia autosuficiencia bloqueaba.

Para entender mi condición, tuve que comprender el problema fundamental del ser humano. La Biblia enseña que fuimos diseñados para vivir en una relación de dependencia con Dios. Así como nuestro cuerpo necesita oxígeno para la vida biológica, nuestro espíritu necesita el «oxígeno» del Espíritu de Dios para la vida espiritual. El pecado, en su raíz, es nuestra decisión de vivir de forma independiente de Él. Al desconectarnos de nuestra Fuente de Vida, nuestro corazón se oscurece y nos quedamos, espiritualmente, sin aliento. (Génesis 2:7, Romanos 1:21).

Esta verdad teológica se conectó de manera profunda con mi experiencia personal. En ocasiones, podemos sentir que estamos pasando por un desierto, una circunstancia difícil, pero Dios me hizo entender que la realidad es que yo, por mí misma, soy un desierto. Mi alma, en su independencia y orgullo, es un lugar desolado, solitario y sin vida, sediento del agua vivificante de la presencia de Dios.

Al reconocer mi estado de desierto interior y mi absoluta impotencia para cambiarlo, entendí la única solución verdadera.

3. La Solución Inesperada: Gracia, no Esfuerzo

El problema del pecado humano —nuestra incapacidad para cumplir con el estándar de justicia de Dios— es irresoluble desde nuestra propia fuerza. Sin embargo, Dios proveyó una solución perfecta en Su Hijo, Jesucristo.

  1. Su vida perfecta: Jesús fue el único ser humano que vivió en completa obediencia y dependencia del Padre, cumpliendo así toda la justicia que Dios demanda.
  2. Su muerte sacrificial: En la cruz, Él tomó sobre sí el juicio y la condenación que merecían nuestros pecados.
  3. Su resurrección victoriosa: Al resucitar, Dios demostró que Su sacrificio fue aceptado y que la muerte y el pecado habían sido vencidos.

Por medio de la fe en esta obra consumada, recibimos gratuitamente Su justicia y somos perdonados y reconciliados con Dios.

La historia de la anunciación a María es para mí la analogía perfecta de la salvación. Cuando el ángel le anunció que Dios estaba con ella y que concebiría al Hijo de Dios, su reacción fue de asombro y temor. ¡Era como si un emisario del magnate más poderoso del mundo llegara a tu puerta para decirte que te ha elegido para asociarse contigo en el proyecto más grande de la historia! ¡Qué sorpresa! ¡Qué privilegio! La pregunta de María fue lógica: “¿Cómo será esto? Puesto que soy virgen”.

La respuesta del ángel no fue una lista de tareas, sino una declaración del poder de Dios: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”. María no podía crear vida divina por sus propias fuerzas; su única parte era la rendición y la fe. Su respuesta lo resume todo: “¿Cómo será esto? Puesto que soy virgen”.

La respuesta del ángel no fue una lista de tareas, sino una declaración del poder de Dios: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”. María no podía crear vida divina por sus propias fuerzas; su única parte era la rendición y la fe. Su respuesta lo resume todo:

«He aquí la sierva del Señor, hágase conmigo conforme a tu palabra.» (Lucas 1:38)

De la misma manera, nosotros no podemos fabricar una nueva vida espiritual. Solo podemos rendirnos y recibir por fe la obra que Dios ya realizó en Cristo y dejar que Él por su poder nos de su vida, haciéndonos sus hijos, parecidos a Él, así como su Hijo Jesucristo, que disfrutan de una relación muy cercana con su Padre y hacen lo que Él Papá predeterminó que ellos hicieran. (Juan 1:12-13, 3:5-6, Efesios 2:8-10).

Aceptar esta gracia, sin embargo, requería entender lo que significa verdaderamente arrepentirse: no solo lamentar los pecados, sino aceptar una muerte.

4. El Verdadero Arrepentimiento: Morir para Vivir

Una de las verdades más transformadoras que entendí es que para quiénes hemos depositado nuestra fe en Cristo, el juicio de Dios por nuestro pecado no es un evento futuro que debemos temer, sino un evento pasado que debemos aceptar. Ese juicio ocurrió en la cruz. La sentencia dictada fue culpable y la sanción fue la muerte. Cuando Cristo murió, nosotros morimos con Él. Su muerte fue nuestra muerte.

El apóstol Pablo lo expresa con una lógica ineludible que se convirtió en el fundamento de mi nueva comprensión:

«…si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.» — 2 Corintios 5:14-15.

Si esta declaración es cierta, entonces seguir viviendo para uno mismo —para nuestros propios planes, nuestra propia gloria, nuestro propio control— es fundamentalmente incompatible con la fe cristiana. Es la prueba de que, en la práctica, no hemos aceptado la realidad de nuestra propia crucifixión con Cristo.

El verdadero arrepentimiento, por lo tanto, es más profundo que un simple «lo siento». Es la aceptación diaria de que la persona que yo era, la que vivía para sí misma, fue juzgada y ejecutada en la cruz. Es dejar de vivir para el «yo» para que Cristo pueda vivir a través de mí. (Gálatas 2:20). Esta es la única forma de disfrutar en mi vida cotidiana la realidad del nuevo nacimiento. Aceptar por la fe que mi vieja versión como “hija de Adán” murió, para que mi nueva versión como “hija de Dios” pudiera nacer y pueda desarrollarse (Juan 3:3-4, 2 Corintios 5:17, Colosenses 3:1-3).

Esta muerte al ‘yo’ no es un final, sino la única forma de arar la tierra seca para que puedan brotar los ríos.

5. La Nueva Vida: Ríos en el Desierto

Al aceptar mi muerte con Cristo para dejarme dirigir por Su Espíritu, el desierto desolado de mi alma comenzó a transformarse. Dios cumplió Su promesa de abrir «ríos en lugares desolados» (Isaías 43:19). Esta nueva vida no es un esfuerzo agotador, sino «el reposo de la fe».

En el relato bíblico de la creación, Dios descansó al séptimo día, no porque estuviera cansado, sino porque había  acabado su trabajo creador. De la misma forma, el “reposo de la fe” significa que mi ego ya no necesita trabajar más para alcanzar la plenitud vital, porque ha acabado. Solo necesita confiar como un niño en Cristo y dejarse dirigir por Él. Los muertos “descansan en paz”. (Hebreos 4:10). Es entender que no hay nada que yo pueda hacer para conseguir por mis propios medios lo que Él ya consiguió para mí en la cruz.

Es una vida liberada del egocentrismo, la tensión y el estrés de intentar ser perfecta y plena siguiendo mis propios deseos. En su lugar, a medida que aprendo a descansar en Él y rendirme a Su Espíritu, confiando en Cristo y haciéndole caso a Él, en vez de confiar y hacerme caso a mí misma, la vida abundante de Cristo se va manifestando de manera cada vez más espontánea en mí y a través de mí. 

Existe un contraste radical entre una vida basada en mí misma y una vida que disfruta del regalo de Cristo (Romanos 8:1-9):

Dualidad Espiritual: Egocentrismo vs Teocentrismo
CaracterísticaVivir ‘en la carne’ (Egocéntrica, basada en el esfuerzo propio)Vivir ‘en el Espíritu’ (Teocéntrica, basada en la gracia de Cristo)
Identidad y Unión:El individuo está unido a sí mismo, a su propia humanidad y a sus impulsos.El individuo está unido a Cristo; el Espíritu de Dios habita en él y pertenece a Cristo.
Fuente:Recursos y esfuerzos humanos.
Se conduce y camina de acuerdo a la debilidad de la naturaleza humana, el egoísmo y las pasiones.​​
El poder y los recursos de Cristo.
Se conduce y camina de acuerdo a la guía y dirección del Espíritu.
Guía:La mente puesta en lo humano (el ego).
Criterios humanos y deseos propios.
La mente puesta en el Espíritu.
Criterios y deseos de Dios.
Objetivo:Ser feliz a su manera. Intentar ser santo en sus fuerzas; buscar aprobación.Descansar en la santidad ya dada, viviendo para agradar a Dios. Obtener dirección, vida y poder de la relación directa con el Espíritu Santo.
Resultado:Tensión, fracaso, condenación, muerte espiritual.Reposo, libertad, vida y paz.
Infografía sobre la dualidad de la vida cristiana: vivir en la carne vs. vivir en el Espíritu.

Los frutos de esta transformación han sido tangibles y han redefinido por completo mi existencia:

  • Libertad y Seguridad: Mi paz ya no depende de mis logros, mi profesión o el reconocimiento de otros. Descansa únicamente en el hecho de que soy amada, soñada y rescatada por el Creador del universo, mi Papá celestial. Voy aprendiendo a confiar en que Él guía, cuida y protege mi vida y la de mi familia mejor que yo y que puede suplir para todas nuestras necesidades, sean cuáles sean las circunstancias (Filipenses 4:19, Salmo 23).
  • Un Valor Inmenso: Comprendí que mi verdadero valor no reside en lo que hago, sino en lo que Él hizo por mí. La verdad que ahora me define es esta: “Dios dejó el cielo por mí». Ese es mi valor, esa es mi gloria, Él es mi gloria, que Él me ame es lo que me hace valiosa. (Lucas 12:6-7, Isaías 43:4).
  • Fin de la vida dividida: Al aceptar a Dios como mi centro, todo lo que hago, tanto en mi vida de iglesia como en mi hogar, amigos o en el trabajo gira alrededor de Él, dándole un sentido de trascendencia a toda actividad por pequeña que sea. Por ejemplo, han mejorado mis actitudes tanto al atender a mis pacientes como al realizar tareas del hogar, así como mis relaciones en general y me siento más cómoda y dispuesta a  conversar de temas más profundos que antes e incluso a compartir acerca de mis valores y mi fe. (Colosenses 3:17, Mateo 25:35-40).
  • Un Propósito Claro: Mi propósito ya no es construir mi propio reino, sino convertirme en un canal para que Su amor, Su vida y Su bondad se manifiesten a un mundo sediento. Amo a Dios y disfruto de todo Su amor con la certeza de que, a través de mi vida, Dios puede mostrarse a otros. (Juan 13:34;14:21-23).

Conclusión: Una Invitación a la Vida

Mi historia no es única; es el eco de la historia que Dios quiere escribir en cada corazón. La vida verdadera y abundante que todos anhelamos no se logra con esfuerzo, sino que se recibe por gracia (como un regalo), a través de la fe en la obra consumada de Jesucristo en la cruz. 

Si te sientes como yo me sentía —viviendo en un desierto interior, anhelando algo más, cansado de tus propios esfuerzos—, te invito a aceptar el regalo que Dios te ofrece hoy. La Biblia lo hace muy sencillo:

«que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.» (Romanos 10:9-10).

Al dar este paso de fe, de aceptar el regalo del perdón de Dios por la muerte de Jesucristo por tus pecados, así como tú muerte al pecado y a ti mismo al morir junto con Cristo en la cruz, creyendo que Cristo al resucitar te dio su vida, una nueva vida abundante y eterna que viene de Dios, se mantiene unida a Dios por medio de Cristo y disfruta de Él, viviendo para Él, sostenida y dirigida por Su Espíritu, entras en una relación inquebrantable, sellada por el amor de Dios. Y puedes estar seguro de esta promesa:

«Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.» (Romanos 8:38-39).

Si es tu deseo, te invito a que escuches la siguiente canción y pensando en lo que te acabo de contar, ores a Dios como salga de tu corazón, dando si así lo deseas, ese paso de fe. 



Unida a Ti

Ya no soy de Adán,
Ahora soy de Cristo.
Ya no soy mía,
Ahora soy suya.

Muerta a uno,
Viva al otro.
¡Qué inmensa alegría!
Me uní al mejor esposo.

El viernes morí,
El sábado sepultada quedé.
Un tercer día resucité,
Y ahora en el cielo vivo con Él.

Da igual lo que pase,
Segura estaré.
Mi función es sencilla,
Vivir para Él.

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