Durante muchos años competí en una carrera queriendo quedar la primera, queriendo ser la mejor. No era fácil pero yo me sabía aventajada, con posibilidades de ganarla, y muchas veces iba primera en el pelotón.
El problema era que está carrera nunca se acababa y cuando finalizaba cada etapa, aunque te daban un pequeño premio, cada vez era más difícil ganar el premio mayor, el premio que quería yo.
Esta carrera se llama “La Carrera del Mundo”, una carrera que quise ganar incluso siendo cristiana, lo que hacía mucho más difícil mi participación, porque para ganar esta carrera, tenía que ser la más lista, tenía que ser la más sabía, y etc, etc, de ser la mejor, pero no podía ser la que más abrazaba, porque el amor me retrasaba en la competición, se convertía en un estorbo si lo que en realidad quería era ganar el premio mayor.
En cierto modo, mi religión también hacía parte de la carrera, porque se convertía en otro escenario donde también quería ser la mejor, con la satisfacción del trabajo bien hecho y los aplausos humanos como la recompensa a mi buena competición.
Poco a poco cada medalla ganada perdió su brillo, se pudrió o solo era un bonito recuerdo en mi memoria pero no me servía de nada para ganar la competición, tenía que seguir corriendo, si quería seguir luchando por el premio mayor. Llegaban nuevos competidores y aunque yo seguía teniendo mis habilidades y mi experiencia, también traía mis lesiones y el desgaste del paso del tiempo y de llevar muchos años en esta intensa maratón.
Entonces llegaste Tú (Jesús) y me dijiste que no necesitaba seguir corriendo, que en realidad esa carrera ya la habías ganado vos. Que tú eres el único que cumple al 100% las condiciones para ganar el premio mayor y que los premios menores muchas veces son simples distracciones que nunca me iban a dar completa satisfacción.
Me ofreciste casarte conmigo y regalarme el premio mayor, el único requisito era permanecer junto a ti en la carrera, no para buscar el premio porque ya lo tenías y ahora me lo compartías y ya lo tenía yo, incluso ya llevaba mi nombre grabado en la copa, así que de ahora en adelante, lo importante no era el premio, porque ya lo tenía, lo importante era el amor. Tu estabas en la carrera simplemente amando y querías que te acompañara y que a eso mismo que tú hacías, te acompañara yo.
Poco a poco me fuiste conquistando, y la alegría de estar contigo era mucho más grande que la alegría de una medalla, mucho más que la alegría del premio mayor. Hasta que empezaste a hacer cosas por otros que eran difíciles de completar sin tu amor, que eran sacrificiales, que te costaban mucho, que tal vez te impedían estar en la competición, pero que las hacías simplemente por ayudar a alguien, simplemente por amor. El problema era que como tú esposa me pedías que lo mismo hiciera también yo.
Tuve que decidir si lo más importante para mí era el premio que aunque ya lo teníamos seguíamos corriendo o si lo más importante era disfrutar de tu compañía haciendo la locura que se te ocurriera, la locura de tu amor. A esas alturas ya estaba demasiado enamorada como para decirte que no. Seguir la carrera sola ya no era una opción, seguirte a ti aunque no hubiera carrera, aunque me muriera, era simplemente lo que me hacía más ilusión.

“El que ama su vida la pierde; y el que aborrece su vida en este mundo, la conservará para vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga; y donde yo estoy, allí también estará mi servidor; si alguno me sirve, el Padre lo honrará.”
Jesucristo (Juan 12:25-26 LBLA)
“Tres cosas durarán para siempre: la fe, la esperanza y el amor; y la mayor de las tres es el amor. ¡Que el amor sea su meta más alta!”
Apóstol Pablo
1 Corintios 13:13 – 14:1a NTV






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