La pandemia para mí fue la evidencia de mi impotencia
Y no solo de la mía sino la de todo el sistema sanitario
Y no solo del sistema sanitario de España
sino del todo el mundo.
La pandemia fue también la evidencia
de la fragilidad humana a pesar de nuestra arrogancia
Y también del egoísmo a pesar de nuestros aplausos y buenas palabras.
Las pruebas que vivimos como individuos o sociedades, pueden ser muy reveladoras, mostrarnos lo que en verdad somos aunque sea de una forma muy dolorosa.
Si somos lo suficientemente sinceros y humildes, podemos aprender mucho de las pruebas y crecer como sociedades y personas…
O no, las distracciones superficiales, el orgullo y el egoísmo nos llevan a ignorar y desaprovechar la enseñanza, a insistir en nuestros errores y continuar en el camino de la destrucción y la desesperanza.
Vale, aprendí en la pandemia que somos impotentes, frágiles y egoístas, ¿Y qué?
Pues lo acepté, «volví a casa» y encontré poder, fortaleza y amor en Dios.
No fuimos creados para auto gestionarnos, fuimos creados para necesitarnos y ayudarnos los unos a los otros, para amarnos y cuidarnos mutuamente y para confiar y dejarnos amar, guiar y cuidar por Dios, nuestro poderoso y bondadoso Padre celestial.
Toda la humanidad se ha ido de la «casa del Padre», unos de una forma muy evidente, otros somos más sutiles, incluso religiosos, pero en el fondo también nos hemos ido.
Porque irse de la «casa del Padre» es simplemente alejarse del cuidado y dirección de Dios, confiar más en nosotros mismos que en Él, buscando satisfacer nuestros deseos y anhelos fuera de Él, ser auto suficientes.
Lejos de Él a veces parece que sí que por un tiempo nuestro orgullo consigue saciarnos, consigue un pan que sacia nuestra hambre interior, ya que Dios nos ha dado a todos «muchos bienes», nos ha dado habilidades y talentos.
Pero de una forma u otra en el lugar a donde sea que nos vayamos lejos del Padre, se acaba el pan, parece que nunca es suficiente para saciar nuestra hambre por nosotros mismos.
Algunos nos damos cuenta de esta realidad, otros no. Otros creemos que sí que estamos en la casa del Padre, pero en realidad no vivimos como hijos, sino que también somos auto suficientes, trabajando religiosamente por conseguir un trozo de pan, sin disfrutar de la abundancia que tiene el Padre.
Un hijo que estaba muy lejos dijo: «Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! «
Otro hijo en cambio que estaba aparentemente cerca dijo: «Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos.»
Jesucristo nació en Belén, una pequeña aldea cuyo nombre en hebreo significa: «la casa del pan». Más adelante cuando era adulto, Jesucristo dijo:
Creer en Jesús es confiar en Él como la provisión de Dios, el alimento y agua abundante que sacia lo que nuestro ser interior desea y anhela, que solo puede ser saciado con la abundancia del Padre.
Jesucristo vino sencillamente para hacer posible reconciliarnos con el Padre y restaurar esa paternidad perdida que nos hace hijos que dependen y disfrutan del amor y la abundancia, cuidado y guía de su poderoso, bondadoso y generoso Padre Dios. Ningún otro pan consigue eso, solo Jesucristo, el pan de vida, que viene de Dios, nos une de nuevo con Dios y nos sacia con la abundancia de nuestro Padre Dios.
‘»Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. «







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