Acerquémonos con Confianza: El Poder de la Oración

Y tomando una copa, y habiendo dado gracias, se la dio, diciendo: Bebed todos de ella; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. Mateo 26:27-28 LBLA

Entonces, hermanos, puesto que tenemos confianza para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, por un camino nuevo y vivo que Él inauguró para nosotros por medio del velo, es decir, su carne, y puesto que tenemos un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, teniendo nuestro corazón purificado de mala conciencia y nuestro cuerpo lavado con agua pura. Hebreos 10:19-22 LBLA

Y puesto que tenemos un gran sacerdote sobre la casa de Dios” : La casa somos nosotros (Hebreos 3:4-6).

Acerquémonos con corazón sincero”:
Un corazón sincero es un corazón verdadero, sin hipocresía ni fingimiento, sin dobles intenciones, transparente, y solo puede serlo porque se ha expuesto a la luz para ser lavado por la sangre de Cristo y poder caminar en la luz, en comunión con Dios. (1 Juan 1:5-10).

En plena certidumbre de fe” seguros de lo que creemos en Cristo. Completamente seguros de que podemos confiar en Él y por medio de Él acercarnos con confianza al Padre.

Teniendo nuestro corazón purificado de mala conciencia
Un corazón que ha sido rociado, lavado, purificado, sin la contaminación de la que habló Jesús en Mateo 15:18-20. La sangre de Cristo hace esto. (Hebreos 9:13-14,
1 Juan 1:9, Ezequiel 36:25-26).

Y nuestro cuerpo lavado con agua pura” un cuerpo lavado, es una vida renovada, nueva, apartada para servir a Dios, con nuestro cuerpo como instrumento de justicia. (Ezequiel 36:27, Romanos 6:6-13,19).

Teniendo, pues, un gran Sumo Sacerdote que trascendió los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, retengamos nuestra fe. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna. Hebreos 4:14-16 LBLA

“Acerquémonos con confianza al trono de la gracia”
El trono de Dios en el tabernáculo terrenal se ubicaba en el arca del pacto con su tapa (propiciatorio) y sus querubines. Era como la silla del trono donde se sentaba Dios, era dónde estaba Dios, la presencia de Dios. Todos estos eran símbolos de las realidades celestiales. Ahora nos acercamos por la sangre de Cristo no a la imagen terrenal o símbolo del trono (Hebreos 8:5), sino al verdadero lugar donde vive Dios, en el cielo (Hebreos 9:11-12, 24). El trono queda en el propiciatorio. La palabra propiciatorio significa “favorable”. Allí, ante ese trono, se ofreció la sangre de Cristo como nuestro sacrificio propiciatorio, por eso es ahora el trono de la gracia, porque la sangre de Cristo se llevó el juicio de Dios sobre nuestro pecado (expiación) y consiguió el favor de Dios hacia nosotros. La sangre del Señor Jesús nos hace “propicios”, favorables, agradables, consigue que Dios nos acepte, “que le caigamos bien”, que nos vea con buenos ojos y derrame sobre nosotros todo Su favor, Su bondad, Su misericordia, Su gracia.

Nos podemos acercar al Lugar Santísimo, por medio de nuestro Sumo Sacerdote Jesucristo. Entrar con confianza al Lugar Santísimo es entrar al mismísimo lugar donde vive Dios y allí poder recibir Su gracia y Su misericordia, Su ayuda para cualquier necesidad.

Nos acercamos habiendo sido limpiados por la sangre de Cristo de toda nuestra contaminación, de todo el pecado de nuestro corazón, creyendo en Su perdón, y de forma proactiva, confesando todo pecado y estando dispuestos a andar en esa luz de Dios que revela nuestro pecado, para así confesarlo y ser limpiados por la sangre de Jesucristo.

Y nos acercamos también con un cuerpo renovado, que ya no vive para sí mismo, para sus pasiones y deseos, sino que vive para Dios, entregado y apartado para servirle a Él.

Con estas dos actitudes, confiando en Cristo, nos acercamos a la misma presencia de Dios por medio de la sangre de Su Hijo Jesucristo.

La oración, el altar del incienso

Y detrás del segundo velo había un tabernáculo llamado el Lugar Santísimo, el cual tenía el altar de oro del incienso y el arca del pacto cubierta toda de oro, en la cual había una urna de oro que contenía el maná y la vara de Aarón que retoñó y las tablas del pacto… Hebreos 9:3-4 LBLA

El libro de Hebreos describe el altar del incienso dentro del Lugar Santísimo, para resaltar la relación cercana que tiene con éste, al estar justo por delante del arca del pacto (Éxodo 30:6). En el tabernáculo de Moises este altar estaba separado del arca por el velo, pero el autor de Hebreos considera que este altar hace parte de la segunda habitación (Lugar Santísimo), no de la primera (el Lugar Santo) y además, una vez al año el Sumo Sacerdote tomaba incienso de este altar y lo llevaba al Lugar Santísimo.

Este tabernáculo terrenal era una imagen del tabernáculo celestial. El tabernáculo celestial se nos describe en Apocalipsis 8:

Otro ángel vino y se paró ante el altar con un incensario de oro, y se le dio mucho incienso para que lo añadiera a las oraciones de todos los santos sobre el altar de oro que estaba delante del trono. Y de la mano del ángel subió ante Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos. Y el ángel tomó el incensario, lo llenó con el fuego del altar y lo arrojó a la tierra, y hubo truenos, ruidos, relámpagos y un terremoto. Apocalipsis 8:3-5 LBLA

En esta visión de Juan, nos dice que las oraciones de todos los santos estaban en el altar de oro que estaba delante del trono. Tal cual era en el tabernáculo de Moisés.

Y el ángel que aparece en esta escena, actúa como lo hacía un Sumo Sacerdote del Antiguo Pacto una vez al año. ¿Quién es ahora nuestro Sumo Sacerdote?

“Teniendo, pues, un gran Sumo Sacerdote que trascendió los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, retengamos nuestra fe” Hebreos 4:14 LBLA

El Señor Jesús ya no entra solo una vez al año sino que vive eternamente a la diestra de Dios para interceder por nosotros (Hebreos 7:25, 10:10-13). El Señor Jesús según nos muestra Apocalipsis, mezcla su intercesión con la nuestra y la lleva al Padre perfecta. Y Él mismo trae la respuesta a la oración, que en Apocalipsis se muestra con la imagen de que el ángel tomó el incensario lleno del fuego del altar (del altar donde estaban nuestras oraciones) y lo arrojó a la tierra.

Nuestra oración unida a la de Cristo, llevada por Él al Padre, libera el poder de Dios en la tierra.

El fuego de ese altar purifica (Isaías 6:1-7), así que la imagen de fuego del altar lanzado a la tierra significa que ese poder de Dios liberado producto de nuestras oraciones por medio de Cristo, trae no destrucción sino purificación, consigue que la tierra sea limpiada por el poder de Dios.

Cuando oramos por medio de nuestra fe en Jesucristo, nuestra oración llega directamente al trono del Padre perfeccionada, mezclada con la intercesión de Cristo y de allí lo que se libera es el poder de Dios que vence a todos sus enemigos en la tierra y se hace la voluntad del Padre. Para que esto suceda, nos acercamos por medio de Jesucristo en oración al trono del Padre, limpios de todo pecado al confesarlo y pedir perdón, purificados por la sangre de Jesucristo y lavados en la disposición de una nueva vida resucitada y rendida (“lavado el cuerpo con agua pura”), que reconoce que está consagrada para Dios y Su gloria.

Esta es la oración eficaz del justo que puede mucho (Santiago 5:16), porque libera el poder del Padre en la tierra y se experimenta el plan y poder liberador de Dios sobre todos sus enemigos, comenzando por la victoria sobre nuestra propia carne, nuestro egocentrismo (Mateo 26:41), así como sobre este mundo rebelde a Dios, que vive en esclavitud bajo el maligno (Efesios 2:2, 1 Juan 5:19).

Les he dicho todo lo anterior para que en mí tengan paz. Aquí en el mundo tendrán muchas pruebas y tristezas; pero anímense, porque yo he vencido al mundo. Juan 16:33 NTV

Con este entendimiento podemos entonces comprender cómo ciertos pecados no confesados, en especial los de relación con nuestros hermanos, estorban, hacen nuestras oraciones ineficaces, porque ya no nos estaríamos acercando con corazón sincero ni lavado:

Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar, y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. Mateo 5:23-24 LBLA

Por consiguiente, quiero que en todo lugar los hombres oren levantando manos santas, sin ira ni discusiones. 1 Timoteo 2:8 LBLA

Y vosotros, maridos, igualmente, convivid de manera comprensiva con vuestras mujeres, como con un vaso más frágil, puesto que es mujer, dándole honor como a coheredera de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no sean estorbadas. 1 Pedro 3:7 LBLA

Por tanto, confesaos vuestros pecados unos a otros, y orad unos por otros para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede lograr mucho. Santiago 5:16 LBLA

Demos gracias a Dios por el increíble privilegio no merecido que nos ha concedido en el Nuevo Pacto hecho con Él por medio de la sangre de Su Hijo. El privilegio de poder vivir permanentemente cerca de Él, en comunión con Él. No menospreciemos ni desaprovechemos este tremendo privilegio. No confiemos en nosotros mismos sino conscientes de que separados de Cristo nada podemos hacer, confiemos sólo en Él y busquemos Su ayuda, acercándonos por medio de la oración, con corazones limpios y cuerpos lavados, entregados a Él, creyendo que de verdad nuestras oraciones suben como incienso por medio de Cristo delante de Él y liberan todo Su poder.

Canción «El Camino de mi Amado». De Jesús Barrul.

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