Hace poco participé en una tertulia sobre «Dilemas bioéticos y Fe» en Youtube. Uno de los temas a tratar fue el de la identidad de género. Hablar de este tema me hizo recordar mi propia historia personal con esto y cómo Dios ha sanado mi identidad.

En mi niñez y pubertad tal vez sufrí lo que ahora llamamos «género no conforme». Me gustaban mucho las actividades masculinas y me incomodaban muchos roles femeninos. Jugué con balones y algunos coches, casi nada con muñecas. Me gustaba ser competitiva, jugar y ganarle a los hombres. Tuve buenos amigos hombres y jugaba con ellos a quien hiciera más goles. Sabía que era una mujer, pero con gustos de hombre.

En mi adolescencia de forma natural me fui relacionando más con chicas, pero me costaba mucho «ser chica», seguir los parámetros de «chica» según la sociedad en la que me tocó vivir. Me costó vestirme y maquillarme, lo que para toda adolescente era una ilusión, para mí era un martirio, una obligación.
Hasta los 16 años me cuesta recordar que me haya gustado algún chico, pero si recuerdo algún vago sentimiento de atracción hacia alguna chica. Sentimientos que gracias a Dios desechaba rápidamente, pero que no podía evitar en un primer momento tenerlos superficialmente.
Me gustaría decir que todo esto cambió de una forma muy espiritual o sobrenaturalmente, la verdad es que no. No fue así en el sentido de haber tenido una experiencia mística, religiosa o similar, pero sí lo fue, en el sentido de que estoy segura que en todos los detalles de mi vida he visto la gracia y la misericordia de Dios.
No recuerdo exactamente qué edad tenía, tal vez unos 15 ó 16 años y llegó a mis manos un pequeño libro de «frases feministas» o algo así se llamaba. No sé por qué ese libro estaba en mi casa, pero leyendo ese libro encontré una frase que decía algo así como: «no tengo que sentir o hacer nada para ser mujer, simplemente lo soy». Puedo decir que ese día mi conflicto con mi género acabó: «soy una mujer, una mujer que no entra en los parámetros y roles tradicionales de mujer, pero lo soy». Y ya está, para mí, ese día o esa noche mi conflicto terminó. Seguí luchando con los roles y estereotipos que se supone tenía que cumplir y que no encajaba, pero eso ya no ponía en duda quién era yo, mi género y mi sexualidad.
A veces me pregunto qué hubiera pasado si hubiera nacido no hace 40 sino hace 10 años, viviendo mi adolescencia en esta sociedad actual. Por un lado, no me habría sido tan difícil luchar con roles tan estrictos propuestos por la sociedad, pero por otro lado, probablemente me habrían hecho dudar más, me habrían dicho que tener un sentimiento ya me hacía ser algo, aunque biológicamente no lo fuera. Me habrían confundido probablemente en mi moralidad, diciéndome que tener atracción por el mismo sexo no era malo, que eso no era algo inmoral.
Entonces bien, si algo sé, es lo que se siente no encajar en una sociedad, pero también sé lo saludable que es aceptar y amar la realidad: «soy mujer, aunque no encaje en los estereotipos de la sociedad».
Hoy estoy casada y tengo tres hijos, gracias a Dios y a mi realidad. Disfruto de una familia, disfruto de una sexualidad que considero sana y satisfactoria, disfruto de un hogar.

Pensar en esto me hace recordar una canción que se llama “Potra salvaje”. Se hizo famosa el pasado verano. Habla de perdón y de libertad. Libertad del orgullo, la pena (tristeza), el temor y el rencor que no te dejaban volar. Escuchándola y pensando en todo lo que ha hecho Dios en mi vida escribí:
«Señor, es irónico cantar una canción que habla de libertad e independencia, cuando en realidad Tú me has conquistado y domesticado. Pero es que tu victoria sobre aquello que me esclavizaba te convierte en mi Libertador.
Tú me haces libre para que confiando en ti pueda volar como el halcón, con alas como las de las águilas. (Isaías 40:30-31)».







Deja un comentario